La primera vez que oí hablar de ello fue hace unas semanas (será que soy muy bruto), uno de esos sábados en los que sujeto el arnés de mi alboreo insomnio al cálido acompañamiento de la radio. A través del minúsculo pinganillo escuchaba un programa en el que la mayoría de los tertulianos coincidían, pese a la sonora expresión de sorpresa de su presentadora, al afirmar que el "amor para toda la vida" - amor sólido- estaba condenado a la desaparición; hablaban de él como si se tratara de una especie en peligro de extinción y, por contra, cada vez con mayor presencia, se imponía el "amor líquido", que inicialmente me sonaba muy claro y evidente, pero que llegado el momento resulta que, sin ser exactamente el "aqui te pillo....aqui te mato" de toda la vida, se articula bajo una renuncia, expresa o tácita, al compromiso y la responsabilidad de una relación estable basada en fuertes y, en mayor o menor medida, sólidos vínculos afectivos.
Atraído por la controversia, me dispuse a escuchar la exposición de los argumentos que sustentaban esa opinión, a sabiendas de que de esa manera liquidaba cualquier mínima posibilidad de recaer en el foso del sueño merecido, por ser el sábado un día entregado al proyecto de no tener que madrugar en exceso.
Al parecer y como un hecho irrefutable, en la excesivamente consumista sociedad actual, el ritmo de vida del ser humano, en su concepción personal, voluntariamente resuelta a proyectarse de manera individual y aislada respecto de los intereses comunes del grupo, resulta cada vez más incompatible con una relación permanente de pareja y, mucho menos, familiar. Tan sólo por su necesidad de interrelación sexual, en todo caso y huyendo siempre de un compromiso vocacionalmente estable y vinculante, este individuo (hombre o mujer, indistintamente) es capaz de alcanzar un tipo de relación en la que en nada o en muy poco interviene el afecto, ni tan siquiera de manera fingida o simulada. Por contra, se orienta, esa relación, a constituirse como un lazo sencillo, en el mejor de los casos, fácil de deshacer y cuya interrupción no debería acarrear desgarros emocionales graves, nunca al menos para ambas partes, aunque muy posiblemente, una de ellas, sí pueda resentirse y pasar a ser víctima de frustrantes consecuencias. Una nueva factoría de infelicidad.
Indagando, gracias a internet, en este giro social en el concepto tradicional del amor, encuentro que parte del reconocimiento científico de esta teoría se debe el pensamiento del sociólogo polaco que acuñó el término, Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Ed.: Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2005, del cual destaca una frase contundente que te escupe el monitor nada más teclear el nombre (resultando sin premio ni mérito el afán investigador) "...vivir juntos-por ejemplo-adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco un plenipotenciario del cielo para consagrar la Unión. Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar y el plazo del pago es menos desalentador."
Lo cierto, al final, es que contemplando a nuestro alrededor nos encontramos que esta teoría es muy susceptible de fácil constatación y sin necesidad de alejar mucho el objetivo de nuestra mirada.
Ligeramente aturdido, desde la gravedad de la angustia que provoca la oscuridad de las reflexiones nocturnas, pese a la tenue penumbra de la habitación y confuso por saberme condenado a la desaparición, me desprendí de mi pinganillo, abandoné mi almohada y me abracé al todavía a esas horas cuerpo durmiente de mi mujer, mi esposa, confiando poder disfrutar de una justa ración de nuestro amor sólido esa mañana de sábado.
Indagando, gracias a internet, en este giro social en el concepto tradicional del amor, encuentro que parte del reconocimiento científico de esta teoría se debe el pensamiento del sociólogo polaco que acuñó el término, Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Ed.: Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2005, del cual destaca una frase contundente que te escupe el monitor nada más teclear el nombre (resultando sin premio ni mérito el afán investigador) "...vivir juntos-por ejemplo-adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco un plenipotenciario del cielo para consagrar la Unión. Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar y el plazo del pago es menos desalentador."
Lo cierto, al final, es que contemplando a nuestro alrededor nos encontramos que esta teoría es muy susceptible de fácil constatación y sin necesidad de alejar mucho el objetivo de nuestra mirada.
Ligeramente aturdido, desde la gravedad de la angustia que provoca la oscuridad de las reflexiones nocturnas, pese a la tenue penumbra de la habitación y confuso por saberme condenado a la desaparición, me desprendí de mi pinganillo, abandoné mi almohada y me abracé al todavía a esas horas cuerpo durmiente de mi mujer, mi esposa, confiando poder disfrutar de una justa ración de nuestro amor sólido esa mañana de sábado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario