lunes, 1 de abril de 2019

Sois muy buenos.

De entrada voy a tener que reconocer que sí, que mi opinión está fuertemente contaminada por el afecto personal y por mi ya casi indisoluble vínculo profesional y emocional con el Cuerpo. Ni puedo negarlo ni quiero evitarlo.

Hace justamente veinte años, un día de marzo me vestí mi uniforme de presentación: pantalón y guerrera verdes, camisa y guantes blancos y corbata negra y al tiempo que subía las escaleras que llevaban al despacho del Jefe de la Comandancia, acompañado por una Guardia, un indisimulable nerviosismo entorpecía mi pasos. Los escalones hasta la segunda planta se me hicieron interminables y mi corazón palpitaba por encima de sus pulsaciones habituales.

A la espera de que me recibiera el Coronel, un por entonces joven Comandante (próximo a mi edad) Jaime B.H. - siguiendo estrictamente el protocolo, según experiencias sucesivas me han hecho saber- me atendió muy amablemente en su despacho y pudimos charlar brevemente. Su cara expresaba cierta incredulidad y mucha sorpresa al enterarse de que un tipo uniformado con "otros verdes" había sido destinado a la Guardia Civil de Baleares y que llegaba aquella mañana de marzo de 1999 a  efectuar su presentación a no se sabía muy bien qué hacer allí.

Costó un poco arrancar y prácticamente nada adaptarse a un puesto que iniciaba un tanto hueco de contenido en un organismo que, como he comprobado con los años,  es poco dado a los cambios radicales. En unos meses, el proceso de descentralización de la gestión económica fue cobrando peso y volumen y fueron dándose suficientes motivos y circunstancias como para considerar que había que remangarse y empezar a echar el resto, darlo todo y convertirse en uno más de ese equipo humano, como suele decirse, inasequible al desaliento.

Han pasado veinte años. Ha habido momentos muy  difíciles, episodios luctuosos; naturales o motivados por accidentes unos y criminal otro (el atentado de Palmanova señala un momento de la Guardia Civil de Baleares muy difícil de olvidar) y actuaciones donde he podido comprobar la valía de estos profesionales, de su entrega absoluta al servicio a los ciudadanos. Sois muy buenos, de verdad.

He contemplado desde el interior la preparación, la planificación y la ejecución del servicio, intentando aportar, cuando se me ha requerido, mi granito de arena, mi criterio en el ámbito de mi competencia -exclusivamente- . Los he visto sufrir cuando las cosas no iban bien, cuando la fatiga y las dificultades entorpecían sus labores. He vivido junto a muchos de ellos misiones y trabajos donde tenían que desarrollar todo su potencial de servicio; en tierra, por mar y por aire y hemos compartido momentos ingratos y dolorosos pero también muy gozosos, envueltos en el compañerismo y familiaridad de lo que encierra la definición  y filosofía de la Casa-Cuartel.

En el ámbito general, apartándome un poco de mi visión particular, la sociedad sabe perfectamente de lo que es capaz la Guardia Civil porque durante nuestra cotidiana existencia exhibe - sin cacareo- muestras suficientes de su eficacia y sacrificio. Especialmente con motivo de catástrofes naturales, incendios, accidentes aparatosos, sucesos extraordinarios y graves alteraciones del orden público. 

Detrás del brillo de sus unidades  más exitosas, de sus logros y de la púrpura que algunas veces cobra, no podemos olvidarnos de otros servicios y especialidades que contribuyen de manera especial para que todo eso sea posible. Sin ellos sería difícil alcanzar los objetivos. De todo género y condición: los servicios de apoyo, los conductores, los integrantes de cada una de las secciones de las planas mayores, los "burocráticos",  hasta la imprescindible figura del Cajero Pagador: la entrega en tareas que inicialmente no destacan por su vistosidad pero sin las cuales nada sería los mismo. 

Si bien en un primer momento creí que no iba a poder soportar la información y seguimiento del Juicio al "procés", al final me he enganchado y los interrogatorios matutinos  suenan de fondo en mi despacho todos los días que hay declaraciones de testigos. La razón de esta atracción ha sido la exposición de los diversos testimonios de los Guardias Civiles  que han puesto luz y precisión sobre los hechos  y altercados de septiembre y octubre del año 2017, de las barbaridades y penurias que tuvieron que pasar los que todo eso vivieron; del asedio a las Casas Cuartel de Cataluña,  a los hoteles y barcos donde se alojaban, de las amenazas, de la agresividad, de los golpes, de los insultos y de las mentiras y todo ello con la enorme capacidad de sufrimiento y paciencia de la que hicieron gala, aunque algunos no lo crean. (conociéndoles como conozco a muchos de esos Guardias, viéndoles cara a cara los días anteriores a su marcha, no lo saben bien y no se lo pueden ni imaginar) 

Una de las cosas que más me gustó de mi estancia en Herat (Afganistán) fue la proximidad de mi despacho con el "Cuartel de la Guardia Civil", el contacto permanente con los compañeros Guardias, las tareas compartidas y el rigor con el que, a tantos kilómetros de distancia y en las condiciones de vida de la misión, llevaron a cabo su cometido, como si fuera un Puesto más del territorio nacional.

Cuando siendo niños veíamos una película del Oeste y temíamos que los indios pudieran lograr sus objetivos, sonaban de lejos las cornetas del Séptimo de Caballería y los soldados "azules" del General Custer llegaban a tiempo para salvar a la población. Ahora aquellos soldados azules se me aparecen con un tricornio y uniformados de verde (y de todos los actores de esa Sala, sabría decidir perfectamente a quién otorgar el papel del General Custer).

La Guardia Civil cumple 175 años de existencia y me siento tremendamente orgulloso de haber compartido con ellos los últimos veinte. Aunque tengo recuerdos y objetos que ratifican que ya desde pequeñito salía de "correrías" o de patrulla por los pasillos de casa, con los soldados del General Custer.



 Feliz cumpleaños y larga vida a la Guardia Civil!!!

https://youtu.be/zHH3Ul9jazI

lunes, 25 de marzo de 2019

Un bañito de nostalgia universitaria

Avanza el curso de mi hija mayor y en unas pocas semanas se enfrentará a las pruebas que le permitirán acceder a estudios universitarios. 17 años. Poco puedo yo aconsejarle. Ni los tiempos ni las capacidades son las mismas. Por un lado, en mi época, el COU y la selectividad eran puertas por las que pasaban casi todos los alumnos que, con esa edad y sin la necesidad real de haberse planteado siquiera en broma qué es lo que querían hacer en la vida, dieran el mínimo intelectual y la media de aprobado justo. Y podías orientar tus pasos a cualquiera de los estudios de ciencias o de letras que te hubieras propuesto. De hecho, es mi caso, unas semanas antes de haber obtenido el acceso a la Universidad ya estaba preinscrito en la Facultad de Medicina para acabar finalmente matriculado en la de Derecho, donde inicié mis estudios en el mes de septiembre de 1977. 17 años.

Por otra parte su capacidad, muy superior -gracias a Dios- a la mía debería suponer para ella una mayor ambición. Estoy convencido, además, que lo que se proponga, salvo descarrilamiento no previsto, lo conseguirá. Que elija bien y a por ello.

En 1977 las cosas parecían muy distintas. Salía la sociedad española de una situación que muchos de mi edad o mayores que yo creíamos ahora superada. Había cierta agitación social porque empezaban a tomar carta de naturaleza los primeros grandes conflictos políticos, sociales y laborales. Los sindicatos y algunos partidos políticos empezaban a tomar cierto tono muscular y la Universidad no era ajena a esa conflictividad. De hecho en ella germinaban los primeros movimientos estudiantiles. En la Plaza de la Universidad y aledaños había  muchas jornadas académicas suspendidas, carreras y cargas policiales, manifestaciones, puños en alto, pancartas, asambleas y convocatorios de huelgas. 

Desde la bisoñez propia de mi edad y de las circunstancias personales contemplábamos aquella situación como algo ajeno y albergábamos la esperanza de que todo aquello pasaría -como una enfermedad- y nuestro futuro profesional dependería exclusivamente de nuestro esfuerzo y dedicación. Y aunque no fue tan fácil como deseábamos, así ha resultado. Si pincho en un buscador el nombre de muchos de mis compañeros de estudios puedo comprobar que aquellos cachorros que compartíamos el patio de naranjos del Abad Oliva, salvo alguna extraña excepción, hemos logrado la satisfacción de cumplir nuestros objetivos profesionales. Y a estas alturas vuelvo a decir una de mis frases favoritas: no me puedo quejar.

El aire de libertad en el ámbito académico alcanzaba un grado poco usual hasta entonces. No se pasaba lista, ningún profesor preguntaba por los alumnos y podíamos ausentarnos de alguna clase sin tener que dar explicaciones. El ritmo de estudio también empezaba a depender exclusivamente del alumno. Era como si, de repente, nos liberaramos de un sistema educativo riguroso y estricto en horarios y disciplinas. 

El primer curso lo pasé por los pelos.  Como el chiste de Gila: me habéis quemado al hijo, pero me reído, cagüenla !!! Coincidieron los exámenes de junio con el inicio de mi primer trabajo y eso, por la escasez de tiempo, me obligó a quitar horas de sueño para aplicarlas a los apuntes de Derecho Romano, Derecho Político I y Derecho Natural. La Historia del Derecho fue..... eso; otra historia. 

Y como no podía obviarlo, la música. Mi compañero de primer curso Francisco Sola era un enfermo de los grupos de rock y del fútbol británicos. Lo suyo era enfermizo: transcribía de memoria las alineaciones del Liverpool, del Manchester, del Aston Vila, etc... y canturreaba las canciones de Yes, de Deep Purple, de Ian Dury, de Jethro Tull. Yo estaba a otra cosa, a otra música algo más comercial pero esas referencias me calaron y me hice devoto de aquellos grupos gracias, también, a los programas de Radio Juventud - Al mil por mil, entre otros- con Pallardó, Vandrell, François (pudiera ser otro de los personajes radiofónicos de Jordi Estarellas, como lo fue Tito B. Diagonal)  etc.... 

Pues eso, igual que ahora. Nos incorporamos nuevamente a la Universidad en un ambiente de cierta conflictividad social y política y de gran incertidumbre. Nos hacemos mayores en línea recta pero la historia avanza en movimientos circulares y tiende a repetirse con monótona insistencia cuando algunos creíamos que ciertos asuntos estaban ya superados.

https://youtu.be/vVo1Tse0s14



lunes, 18 de marzo de 2019

La cajita de mis héroes anónimos.

Con relativa frecuencia, quien más y quien menos, tomamos como referencia de actitudes en la vida a determinados personajes. Pasados los primeros años juveniles, en los que solíamos acopiar en  nuestro bolsín de mitos y de héroes a multitud de cantantes, actores o actrices y deportistas de alto rendimiento,  el proceso normal de maduración personal alcanzado permite tomar cierta distancia respecto de esa veneración y lo normal es empezar a escribir sus nombres en minúsculas al tiempo que las viejas fotos de sus rostros acaban diluyéndose en una mezcla acuosa entre el rubor y el desapego.

Esa desafección, producto del crecimiento del propio ego y de las cicatrices emocionales -no necesariamente malas- con las que se va tejiendo la vida acaba encerrando esas leyendas de juventud en una vieja caja de puros en el fondo de un cajón.

A ese cajón y a otros similares suelo asomarme cuando regreso, no tantas veces como quisiera, a mi antiguo piso de Barcelona. Abrir la cajonera es como volver a vestirme con unos pantaloncitos cortos y calzarme las zapatillas de felpa de cuadritos con suela Pirelli amarilla e inspirar un aire cargado de viejos recuerdos. Ahí están los pequeños tesoros de los que no me desprendí cuando, hace  treinta y cinco años eché el cerrojo a la puerta del piso y salí volando a una nueva vida. Ahí siguen como si hubiera huido de una juventud inacabada y de cientos de sueños furtivos.

Una de esas cajitas de puros guarda una colección de conchas de mar. Una vieja lata de cigarrillos Ducados, unas cuantas docenas de canicas de colores; una cajita de bombones, los viejos sellos de correos con el bocado impreso por un matasellos. Mi primera cámara fotográfica Kodak de tapa de cuero. Un archivador de anillas, con los resguardos y recibos de pagos en pesetas de lo más variado. Cientos de billetes de avión, de Iberia y de Aviaco, de cuando era frecuente mi trasiego aéreo entre Barcelona y Palma de Mallorca y Palma de Mallorca y Santiago de Compostela. Un montón de posters, de la  página central del "Ascolor", con los equipos titulares de los clubes de futbol de la década de los setenta;  un mazo de cromos de esos mismo futbolistas. Son los rostros descoloridos de aquellas viejas glorias; Martí Filosía, Asensi, Marcial, Pirri, Gento, Luis Aragonés, Leivinha…..

...y las cartas. Todo un arsenal de afectos, un torrente de emociones, plasmadas en papel de tela muchas de ellas, con el indisimulado aroma de una adolescencia vibradora; amores quemados, pasto de las llamas que provocó el paso del tiempo...

...y cientos de fotos en sus álbumes; muchas fotos de laboratorio de revelado -papel Agfa- solo, acompañado, en paisajes urbanos, en el mar, en la montaña, en cena para dos o en multitud. De viajes de estudio, de viajes en modo particular; propias y ajenas, en familia, en retrato quedón para mandar a alguna persona algo más especial; de soldado, en tiempos de mili; de los coches y de las aficiones que una vez lo fueron....

...la cajita con los héroes de juventud, con olor a naftalina. Hoy los héroes, para mí, son personajes anónimos o con nombre propio, pero en carne mortal y que luchan discretamente por procurar el bien a los demás, los que caen enfermos y no se quejan y pese a su mal y a su dolor no duda en vestir con gallardía y pasadores para personarse en el funeral de un subordinado compañero; los que van rindiendo cuentas con entereza hasta el final; los que no dan muestra de debilidad cuando las cosas no van bien y que, en cualquier caso, además de dar ejemplo con su entereza, están para romperse la cara una y mil veces por las causas justas, por los más necesitados, por los que se muestran más débiles ante el infortunio y por quienes les rodeamos, bajo el anonimato, a veces,  de una sencilla caridad, por pequeña que sea y hasta cuanto se puede, cuando pasa el cepillo entre los bancos de mi parroquia.

Gracias, héroe anónimo. Te guardo en mi cajita de puros.  



https://youtu.be/lXgkuM2NhYI





lunes, 11 de marzo de 2019

Nunca el tiempo es perdido

Cinco días seguidos de esquí suponen un ejercicio físico muy intenso. Gracias a mis tres o cuatro sesiones de tenis por semana llegaba a Baqueira con un ritmo muy adecuado de actividad deportiva y mis piernas estaban preparadas para soportar los cientos -sí, cientos- de descensos desde primera hora de la mañana hasta que el sol de media tarde se colaba entre las colinas del Valle de Arán y avisaba del fin de la jornada, un día más.

Con la de este año, llevamos ya ocho temporadas acudiendo a las pistas de Baqueira Beret a una cita que nos reubica familiarmente en un entorno de espectaculares prestaciones: intensa actividad física y exquisita gastronomía. Y no nos ha defraudado jamás. En los primeros años los confines físicos de la estación se nos hacían inalcanzables. Pese a llevar esquiando en pareja más de veinticinco años, la paulatina incorporación de nuestra prole a este saludable hábito nos hacía retroceder en nuestro ánimo expansivo y reducir las horas de esquí libre. Siendo las niñas pequeñas, cuando todavía íbamos a Andorra, solo disponíamos del tiempo que duraban sus clases para intentar alejarnos del núcleo de debutantes y  poder dedicar las tardes a regocijarnos con sus milimétricos avances. Echando la semillita de ese veneno beneficioso que, pasados los años, ha dado su resultado. Desde las pistas baby, con desniveles inapreciables y cuñas interminables hasta alcanzar, este año, la cota máxima de todo el dominio, Cap de Baciver, 2.610 metros de altitud, han transcurrido más de diez años de carreras alocadas para alcanzar el telesilla un minuto antes de que empezaran las clases; esa bota que no acaba de entrar y que hace que nos duelan las piececitos, los guantes que han perdido uno de los dedos huésped que quedó atrapado fuera de su huequito; ese dolor de barriga o ese pipí, o esos moquitos que se descuelgan de las pequeñas narices; el casco que choca con el coletero, las gafas que se empañan, el bastón que cae del telesilla, el hambre, el frio, el calor, la sed, el cansancio...


Nunca el tiempo es perdido y después de todos estos años, volver a la nieve cada mes de enero, o febrero o marzo y poder preocuparse ya exclusivamente del equipamiento personal porque cada cual es capaz de gestionar su acomodamiento; prescindir de las clases y optar por alejarse del núcleo central y alcanzar las más altas cimas sin más preocupación que la de dejarse caer, deslizarse libremente y comprobar que el nivel alcanzado garantiza plenamente el disfrute de un ambiente que puede llegar a ser climatológicamente muy hostil pero muy gratificante. Niebla, frio, nieve o lluvia, en condiciones extremas hacen de esta práctica una dura prueba de resistencia que resulta muy difícil vender como emocionante y vibrante a quienes no la han probado. Y a pesar de esas dificultades añadidas, cuando llega el momento de quitarse los esquíes y las botas y tomar el camino a casa, la sensación que queda es siempre muy satisfactoria. Las piernas agarrotadas, los dedos entumecidos, el cuerpo agotado....llega el momento de pedir una caña y programar la cena. 


Este año no nos hemos desplazado a ningún restaurante que estuviera fuera de Bossost. La oferta de este pueblecito aranés es tan atrayente como variada, incluso repitiendo en el mismo local y además, los precios son más que razonables. La Trastienda - Hostal Tina- sigue creciendo y ofrece menú a 17 euros a elegir de una extensa gama de primeros y segundos en los cuales es muy difícil errar. Su afamada olla aranesa, sus estofados de carne, su civet de ciervo, su confit o sus canalones de pato, su selección de patés y fiambres locales, sus variantes en huevos rotos (escaldados al punto para que la yema cubra unas espectaculares patatas confitadas y un generoso corte de foie pasado por la plancha). Hemos sucumbido, sucesivamente, a la coca de recapte con escalivada, al carpacho de bacalao ahumado, a la ensalada de mango, manzana, quinoa y esturión ahumado, a la trucha de Tavascán al horno con verduras de temporada y a una sorprendente e inacabable pizza de pato. La simpatía y atenciones de los propietarios del local y de su personal de comedor garantizan una agradable y suculenta estancia en el restaurante. 

En otro local, nuevo para nosotros, El Tirabouçon, degustamos una sabrosa butifarra de perol, un estimable entrecot de ternera y una especialidad digna de reyes de la gastronomía; manitas de cerdo con salsa de caracoles (y muchos caracoles). 

Finalmente, la Casa Nostra, un local con aire italiano pero donde caben muchos tipos de cocina. Surtida variedad de ensaldas originales, canalones de espinacas y pato y la pasta casera con salsas a la borgoñesa o al pesto, sublimes. 


Comer y esquiar. Nunca el tiempo es perdido. Hace ya muchos años nos empeñamos en contagiar a nuestras hijas el gusto por la nieve y por la gastronomía en mayúsculas y ellas han ido aprendiendo. Ya pueden volar solas. Volverán, cuando llegue su turno, por sus propios medios y con sus propias familias a esquiar y comer a la Vall d'Aran y cuando llegue el momento de volver la vista atrás reconocerán, espero, donde aprendieron a sacarle provecho a.... Las cosas buenas que tiene la vida...hey, hey (a mi querida sobrina Claudia que nos ha acompañado este año y con la que tan buenos momentos hemos compartido, en la nieve y en la mesa)  



Nunca el tiempo es perdido.... es sólo un recodo más en nuestra ilusión ávida de cariño

(esta va para tí, mi Lola B. porque sé que hace mucho tiempo que sigues a mi vieja olivetti y jamás te viste aludida en ella) 



https://www.youtube.com/watch?v=EVjldNAECe8

lunes, 25 de febrero de 2019

Vivir en modo avión

Pensé que iba a ser más difícil pero después de haber vivido más de una semana en modo avión ha resultado mucho más sencillo y placentero de lo que me imaginaba. Y eso que la altitud y velocidad alcanzada hasta ahora no ha permitido impermeabilizar del todo mis sentidos y aún, de vez en cuando, noto el frío impacto de algún titular rutilante, algún guasap con tintes políticos y alguna imagen del juicio, de las barricadas o de la metralla electoral. Mejorará, sin duda, a partir de la segunda semana, entre otras cosas, porque a partir del jueves un extenso manto de nieve y la gastronomía del Vall d'Arán centrarán toda mi atención. Así sea.

De lo que más me cuesta aislarme es del sonido radiofónico del alba. El mantra de los enigmáticos sueños  puede alterarse según sea la hora en que mi cuerpo yacente recupera el encendido del sistema y las pequeñas lucecillas comienzan su incesante parpadeo. Si es antes de las seis, no veo amenazada mi suave navegación aérea. Pero si es a partir de esa hora, los primeros titulares y la perorata de Herrera, generan ciertas turbulencias y sacuden levemente mi avión. 

Durante el resto del día ya no presto atención a la actualidad. Hojeo sin excesiva atención el periódico en edición de papel de la cafetería y paso con urgencia y de puntillas por las informaciones locales y nacionales; husmeo en las fotos sin agudizar mucho la vista, sin mis gafas de presbicia. Veo tipos sentados en bancadas de terciopelo granate como si estuvieran en la sala de espera de un viejo consultorio o de pie  ante el Tribunal y alguna frase entrecomillada. Otros, más habituales de los reality de nuestra política nacional, manoseando interesadamente términos y expresiones con los que pretenden ganarse la voluntad del elector. Y huesitos, muchos huesitos. Nauseabundo.

En cuanto me subo al coche, sintonizo emisoras musicales que me garanticen el cordón sanitario con el que me protejo de los agresivos informativos que anuncian lo que hacen fulanito o perenganita, con quién, dónde, a qué hora y qué aspecto tenía la deposición, la comida, su traje, su bolso.....

Vivo feliz con mi aislamiento. He descubierto recientemente una emisora inglesa que opera en determinados puntos de nuestro Mediterráneo. Las canciones de los 80 y los informativos en inglés, sin más énfasis que el acento del locutor. No se puede pedir más. Desde primera hora del sábado escuchando los viejos temas (término este para referirse a las canciones que tanto entusiasmaba a mi querido Pedro GS) rescatados del desván, como en su momento, para la generación anterior a la mía, pudieron ser los cuplés de la Piquer. Pues para eso hemos quedado, para consolarnos con volver a escuchar a Tears for fears; Wet, wet, wet; The Christian,s; The Cure; Smokey Robinson y un largo etcétera que me transporta, en avión, a tiempos pretéritos. Mi sorpresa, mayúscula, es que mi hija mayor, María, 17 años, las conoce, las baila con sus amigas y las tararea casi inconscientemente. No deja de llamar la atención que la música de mi generación, pasados más de treinta y pico años desde que se grabaron, suene en su altavoz  bluetooth y que estén en su playlist. Será que, o aquello era muy bueno o lo de hoy en día deja mucho que desear.

No se está nada mal a bordo. Ánimo: quedan plazas libres.

Hijos y música.... 

https://www.youtube.com/watch?v=1-XhIhNWqgI

lunes, 18 de febrero de 2019

Donde reside la fe

Llega a un punto la vida en el que conviene rebajar el ruido exterior o aislarse de él y mirarse hacia adentro, sondear en nuestro interior y reflexionar sobre asuntos para los que el ritmo diario no encuentra fácil acomodo. Ese momentito de ensimismamiento que prosigue al último traguito del café con leche matutino que me obliga a elevar la vista y toparme con las baldosas blancas de la cocina (mira que le dijiste bien clarito al jefe de obra que no querías la maldita cenefa de frutitas y de eso han pasado ya más de veinte años). Se te ocurre coger el rotulador y escribir, en una de esas baldosas, la frase que debe leer la siguiente en turno de desayuno. Un post-it de tinta deleble con un mensaje de puño y letra y el  esbozo torpe de un beso o de una flor, según.

Comienza el día y dejas que la cabeza, además de ordenar los pasos de tus pies y los gestos de tus manos, ordene también las inquietudes internas y que el murmullo de tus temores jamás se refleje en la fachada exterior, en tu cara.

- ¿Cómo estás? me pregunta Jaime B. (el hombre que esquivaba la cartelera) nada más subirse a mi coche en la  calle Caro. 
- No me puedo quejar.
- Siempre me contestas lo mismo- replica resignado.

Es cierto. Esta y no otra suele ser siempre mi respuesta cuando alguien me pregunta. Y es sincera y sentida. Realmente, sin entrar en mucho detalle, no me puedo quejar, no debemos quejarnos. Basta con echar un vistazo a lo más próximo y cotidiano y resulta muy habitual toparse con la crudeza con que la vida y las circunstancias azotan a otros seres. Cada cual lleva su propia palmatoria y salvo contadas excepciones, solo la discreción intencionada y el pudor vetan a los demás el conocimiento de los temores y el nombre de los demonios que habitan en las mentes de familiares y amigos de nuestro entorno íntimo, aunque la fachada,  la cara, es el reflejo del alma y por mucho que trate de disimularse es complicado huir del todo de un mal momento personal sin dejar huella. 

Suelo acudir a mi Parroquia los domingos por la tarde, cuando la luz mortecina de las horas finales del día acompaña, como un cortejo fúnebre, al último hálito de asueto y de libre albedrío, antes de asumir, con cierta resignación, que la voluntad ajena y las obligaciones profesionales volverán a marcar nuestro ritmo en unas pocas horas.  Precedido de una numerosa pandilla de monaguillos (cardenalitos pequeños) toma su lugar el joven Párroco -joven pese a que probablemente ronde los sesenta y visto lo visto en la mayoría de las Parroquias a las que asisto, este lo es-. Es un hombre afable, habla con ritmo muy pausado, resulta convincente en su palabra y es riguroso en la ejecución de la Eucaristía.  Favorece con su verso la generación del vínculo adecuado entre los feligreses y el altar, presidido por una composición tridimensional de una figura de Jesucristo levitando a escasos metros de su Cruz. Es una interpretación artística alegórica de la resurrección que raya la perfección por su sencillez. Habla con temple a sus hermanos, mirándonos a la cara. No esconde su mirada tras el atril ni la fija exclusivamente sobre el sagrado texto ni extiende tembloroso un dedo índice acusador sobre los pecadores, como he visto en esta misma Iglesia. Cierra su homilía con una frase inapelable:

"No deberíamos buscar el dinero y a Dios al mismo tiempo. No lo soportariamos" 

Los parroquianos somos los habituales de cada domingo a esa misma hora. Muchos, conocidos entre sí; familias con niños, familias con hijos adolescentes, parejas jóvenes, de mediana edad y mayores, ancianos solos, solas o acompañados de cuidadores. Somos gente a la que nos resulta indiferente lo que piensen de nosotros por profesar esa fe que nos empuja hasta la puerta de la Parroquia y, seguramente, desde sus bancadas hasta nuestro propio interior. Los mejores de esos asistentes son, seguramente, mucho más piadosos y misericordiosos y no les afecta, además, que les insulten y que cuatro mamarrachos ofendan los símbolos de su fe y desprecien esa supuesta debilidad intelectual o tara. No queda nada bien mostrarla en según que sociedad y suele ser objeto de befa y de burla porque sale absolutamente gratis. Y no está de moda. Es mucho más cool dejarse abducir por otras religiones y otras culturas que normalmente no se conocen profundamente  y a las cuales es más peligroso atacar y ofender. Y lo bien que queda tatuarse unos versitos en lengua árabe en el brazo o en un costado...y decir que es una frase del Corán.

Afortunadamente la fe no reside en unos trazos de tinta sobre la piel; está en el interior y como dice el Párroco, "Dios está ahí siempre".  

Aunque no vengas, aunque no vayas a comprobarlo. Él siempre está. Creo. 



lunes, 11 de febrero de 2019

El sutil aroma de la rutina

El sutil aroma de la rutina puede encontrarse en cualquier rincón de la vida. Se agradece, en ocasiones, el lento ritmo de los acontecimientos, vivir sin sobresaltos, sin una llamada, sin un pitido del guasáp que nos indique un cambio de velocidad o un giro brusco. Algo que nos altere el pulso cardíaco.

El sutil aroma de la rutina se me manifiesta cada mañana, un buen rato antes de las seis, cuando el Pulpo, Ponedor de  calles, se encuentra con Herrera e intercambian cromos musicales y hacen sonar clásicos ochenteros o las reediciones de aquellos viejos éxitos, nuevamente versionados - magistralmente- por nuevos grupos* o por sus propios autores, los que sobrevivieron, ya que con la vida que han llevado -con lo que muchos de ellos se han metido- ya es asombrosa su mera supervivencia. La mayoría son ya septuagenarios y cuando el recuerdo de sus voces se adorna con una imagen personal del sujeto o sujeta, automáticamente, adviertes el cruel paso del tiempo y te imaginas a tí mismo con setenta y tantos ….qué vértigo!

El sutil aroma de la rutina se advierte también las serenas mañanas de los sábados, cuando las sábanas envuelven y abrazan, sin prisas, los cuerpos algo más festivos y, lejano, se escucha el rumor de una barredora de EMAYA y los perversos rugidos de las sopladoras de hojarasca. Van esos tipos perfectamente dotados con equipos personales de protección; gafas, cascos, máscaras, guantes. Todo lo que justamente me inquieta a esas horas del incipiente fin de semana en que esos molestos ruidos amargan los dulces besos que me arroja la inexistencia de más obligaciones que un frugal desayuno y un adecuado proceso de desperezamiento, en pareja o en la multitud de la familia.

Es sutil rutina encontrarse -nuevamente- a las siete y media en la calle Caro y poder echarle guasa a las contrariedades y convulsiones que provoca la actualidad informativa, local, regional, nacional o internacional compartida con mi colega Jaime B. (el hombre que esquivaba los semáforos) en clave de fina ironía a la cual sigue, al final, una sonora y prolongada risotada al llegar a la Plaza de Cort. Aleeerta! que no estamos para coñas y la cosa está muy seria (chunga). Sí. En lo local, en lo regional, en lo nacional y en lo internacional.....Y hasta ahí puedo escribir, porque me debo a ciertas restricciones en el uso de mis derechos y libertades y para cuatro estaciones que me quedan, a estas alturas no voy a pegarme un tiro en el pie.

Sutil rutina es ese paseíto vespertino de los miércoles por mi propia Palma, hasta donde alcanzan tres cuartos de hora de ida más otros tantos de vuelta, callejeando solo y en silencio, elevando la vista a la estrecha cúpula de fachadas encontradas y bajo el resquicio que dejan cornisas y aleros, que se rozan y que permiten, no sin dificultad, que vaya colándose la tibia luz del atardecer, dejando ver el cielo a veces añil, siempre azul. Ulula levemente una brisa entre las calles adoquinadas y me imagino,  más bien me invento, el olvidado tránsito de carretas y la antigua brega de caballos y de mulas; el sonido de sus cascos y sus relinchos en cada esquina, en cualquiera de los bellos patios de muchas de las señoriales casas. A veces parece escucharse rumores al otro lado de esos muros. Si hablaran..... Sutil y fantástica rutina.



* https://youtu.be/sQnoZUR6fvY



Nombres que remueven la memoria

La primera que yo recuerdo fue una pequeña y coqueta Iberia blanca. Sobre una de las encimeras de la cocina, resultaba muy atractivo para in...