lunes, 20 de marzo de 2017

Un paso de cebra

Un paso de cebra, debidamente pintado sobre el asfalto y señalizado convenientemente, ampara un derecho pero en absoluto garantiza la vida. 

Hace unos días casi me arrolla una imprudente conductora que, además, tuvo el arrojo de detener su vehículo unos metros más adelante, bajar su ventanilla y muy altaneramente abroncarme porque, según su apreciación, yo no caminaba sobre las líneas blancas. Si hubiera sido como ella decía, asumiendo yo mi error, me habría callado y habría pedido perdón, pero ¡vaya si estaba cruzando la calle, li-te-ral-men-te, sobre el paso de cebra! Ojito con lo que consumimos, que puede haber vidas humanas en juego.

En frente de mi trabajo hay un parque urbano. Concebido a partir de los usos y gustos municipales contemporáneos, luce más el hormigón y el hierro forjado que el verde de árboles, arbustos, plantas y césped. No obstante podría definirse como un espacio de ocio para niños y tercera edad y no necesariamente por este mismo orden. Es algo así como una zona de uso compartido. Por la mañana, los mayores. Por las tardes, los niños, supongo. 

Un nutrido grupo de provectas chinas bailan una danza oriental. Separadas unos metros entre sí, ejecutan una coreografía armoniosa, sin apenas salirse de una baldosa; agitan levemente brazos, caderas y piernas al tiempo que van girando sobre sí mismas de manera simultánea. Algo así como un taichí musiquero. Un equipo de música reproduce una melodía y una de ellas, cual monitora, ordena la ejecución de los movimientos. Hace unos meses eran sólo tres de ellas las que efectuaban esta rutina junto a uno de los bancos y entonces el sonido lo reproducía un teléfono móvil. Llegarán a ser multitud.

Otro grupo de pensionistas, desde muy temprano, juegan a la petanca. Discuten y cacarean ruidosamente. Alardean de su habilidad y el tono de las discusiones llega, en ocasiones, a aparentar la gravedad de una afrenta. Entre ellos mismos aplacan la subida de tensión y al cabo de un rato, apaciguados los ánimos,  sigue sonando el tintineo de las bolas al golpearse entre sí o al colisionar contra el tablón que delimita la zona de juego.

Voy camino del banco y coincide con la hora de salida de sus casas de muchos escolares camino de la escuela. Grandes y pesadas mochilas colgadas de la espaldas y variado colorido en sus vestimentas. Las madres apuran en la despedida -traspaso de besos y bocatas-  y aceleran el paso para llegar a tiempo a la parada del autobús.

Un vehículo ha detenido su marcha y a pie del mismo una mujer de avanzada edad aguarda el momento de hacerse cargo del depósito; un rollizo nieto envuelto delicadamente con la ropa de ese día que su madre deja al cuidado de la abuela antes de irse a trabajar. Bebé, mochila y cochecito quedan en las mejores manos. No tengo duda, a juzgar por la expresión con la que la abuela contempla al pequeño. Como hoy no llueve y aunque el nieto no sepa todavía donde está, la buena abuela lo bajará al parque para que le dé el aire y un poquito de sol. Se sentará en el banco y mecerá el cochecito orgullosamente ante sus compañeras y vecinas, a sabiendas de que en un par de años se subirá a lo más alto del tobogán y jugará con otros niños, con otros nietos.

Llego al banco, voy de paisano. Nada ni nadie me ha perturbado por el camino. Nadie me ha hecho fotografías ni se ha burlado de mí. Soy -me considero- un ciudadano normal, un ciudadano más que en un momento determinado necesita realizar una gestión bancaria en mi horario de trabajo, eso sí. Por el camino no molesto a nadie ni voy provocando a otros ciudadanos a los que contemplo con naturalidad y normalidad, ya ves.

Qué suerte tengo. La Constitución ampara mi derecho, pero desgraciadamente, como un paso de cebra, tampoco puede garantizar mi integridad física, ni puede impedir que un par de imbéciles descerebrados y colocados con todo tipo de substancias se crean en el derecho de arremeter contra mi libertad de no insultar ni ofender a nadie con mis actos personales. Ni aún vistiendo uniforme militar.

Me duele el puntapié recibido por mi compañero al que no tengo el placer de conocer, pero me duele infinitamente más el silencio de quienes, desde la responsabilidad de gobernarnos, deberían, qué menos, condenar este tipo de actos violentos y agresiones gratuitas pero han decidido mirar hacia otro lado. Aún estoy esperando, ingenuo de mí. Claro, no era más que un militar.

Escribo esto en Palma de Mallorca en el mes de marzo de 2017. 

lunes, 13 de marzo de 2017

En el último minuto

Confieso mi escepticismo de esa noche. Era consustancial a mi condición culé, pese a la exitosa trayectoria reciente del club. Si, ya sé, me dirán que hace un tiempo y habida cuenta de los derroteros adoptados por el Barça, por buena parte de su afición -no toda-, por su directiva y también por parte de su masa social, respecto del proclamado y cacareado proceso independentista, abjuré de mi perfil más radical, si alguna vez lo atesoré. Que el éxito deportivo no sirva jamás para enfatizar otro tipo de adhesiones y convicciones. Que lo que pasa en un rectángulo de juego delimitado por líneas de cal no se lleve ni a la calle, ni a un Parlamento, ni muchísimo menos a sede judicial. Algunos eligieron esa fórmula de reivindicación y muchos, cual borregos adormilados sobre pastos de estulticia, parecen seguir su ruta. No es mi caso, confieso, por razón y por propia convicción.

Dicho esto he de reconocer que no logro abstraerme ni una pizca de mi devoción (meramente futbolística) por sus colores, por algunos de sus jugadores y por el indudable mérito de sus éxitos deportivos de las dos últimas décadas. Y no tiene sentido hacerlo, visto lo ocurrido el pasado 8 de marzo.

Me senté, sin tensión, frente al plasmón con la idea de presenciar un partido de fútbol del que estaba convencido, eso sí, de un resultado favorable. En pocos minutos advertí que tal vez no sería tan improbable la remontada y tenía el convencimiento de que si se llegara al descanso con dos goles a cero, cabría un razonable optimismo. Y así fue aunque posteriormente nos pusieramos a temblar y a sufrir cuando llegó el tercero. Entre bomberos  no nos íbamos a pisar la manguera y no recibí ni un solo wpp de ningún amigo culé. En todo caso, sí me entraron muchos de ellos,  demoledores, sarcásticos y funestos mensajes de tipos de acreditada solvencia para ser incluidos en una sección de la caverna mediática que reside en la agenda de contactos de mi teléfono. Chistes y chanzas que se multiplicaron a partir del gol de Cavani. Emoticonos groseros y memes burlonas.  Desahuciado y abandonado por toda esperanza dejé el móvil sobre el sofá, silenciado, y adopté una postura más adecuada a  un mayor grado de desafectación. Estiré mis largas piernas hasta el centro del salón y reposé mi cabeza en el punto más bajo del almohadón del respaldo. Así mantuve mis mínimas constantes vitales hasta el gol de falta de Neymar. Hasta ese momento deduje que el  Barça no había acertado con la gestión del tiempo del partido, el timing. En cuanto marcó el tercero quiso enseguida ir a por el cuarto y todavía  quedaba media hora. Era el momento de tomarse un respiro, asegurar su mejor táctica, la que ha hecho brillar a su estilo de juego, manejar el balón y retrasar un poco la presión del centro del campo y dejar que, en su miedo y arrebato, el PSG estirase sus líneas con la intención de culminar, en jugada aislada, su poco arriesgada estrategia. Con el excelente gol de lanzamiento de una falta por parte de  Neymar y por la reacción de los jugadores y pese a que faltaban seis o siete minutos, más el descuento, llegó el momento de volver a creer, de hacer renacer el espíritu de la remontada, sin necesidad de evocar fantasmas de eterno descanso, manoseadas y manipuladas por otras aficiones y que sacan en procesión cuando no existe mejor argumento:  épica o güija. 

Es cierto que dos errores arbitrales de apreciación, que algunas veces te dan pero que otras muchas te quitan, contribuyeron a hacer posible el resultado final. En cualquier caso al PSG no lo mató el error del árbitro. Pudieron marcar Cavani y Di María y erraron, como erró tambien el planteamiento de su técnico. Lo que ya no entiendo es que el cazo, tan blanco y tan digno él, tema tiznarse con el negro de la sartén. Anda ya! Con lo que se ha llevado ese cazo, tan blanco y tan digno él, toda su vida, toda su existencia. ¿Cuántos penaltis se han inventado jugadores del otro club a lo largo de su gloriosa historia? ¿Cuántos pocos dejaron de pitar muchos árbitros? ¿Suena a alguien el nombre de Guruceta? Cuando éramos niños ese apellido se colgaba como epíteto a cualquier mal árbitro cuando no tomaba una correcta decisión y pitaba lo que no era o dejaba de pitar lo que era. Solo falta que a esa protesta masiva de los merengones se sume Maradona y nos venga a hablar de honestidad y futbol. Tendría guasa.

Simplemente era el tiempo de creer en ese equipo, en esos jugadores, tan vivos, tan imperfectos, a veces, que han volteado por completo la historia de este club en estas dos últimas decadas. No es una cuestión de supervivencia, es algo más; es algo tan humano, pero al tiempo tan inusual, como el orgullo. La épica del guerrero, que es, o su vida, la gloria, o la muerte. Una cuestión de honor. Valores estos que cuesta asociar a unos deportistas magníficamente remunerados y que gozan de una saludable y gozosa vida, paradójicamente aupados a ese olimpo por cientos de miles de aficionados, muchos de los cuales acreditan, por sus ingresos, su condición de mileuristas. 

Era el último minuto y ni siquiera los más optimistas esperaban el acertado remate de Sergi Roberto. Todo el campo y cientos de millones de espectadores acudimos al centro del área del PSG a intentar rematar ese balón colgado por Neymar. El PSG, toda su afición y la mayor parte de la afición del Real Madrid y sobre todo, la recalcitrante caverna mediática de los Ronceros, Pedreroles, Alcalás, ManuSancheces, Gutis, etc, a tratar de impedir lo que culminaba una noche mágica. Otra vez será, muchachos.

Enhorabuena a todos.



P.D. No se ha ganado nada. En todo caso, seguimos de pie. Nada ni nadie garantiza que no haya que volver a tirar de orgullo y de épica. Todo se andará. Queda mucho todavía para llegar a Cardiff, si se llega.

lunes, 6 de marzo de 2017

Un buen plan

Después de una semana de esquí,  imagino (propondría) un buen proyecto de ocio para la eternidad: un continuo,  suave y  placentero descenso desde Cap de Baqueira a cualquiera de las cotas más bajas de la estación, acompañado por mi familia y amigos,  y al final de cada jornada una buena pizza, unas cervezas y un plasmón 3D que retransmitiera jugadones de Messi marcando, marcando y marcando goles y más goles.....

La realidad no es exactamente así, pero por momentos llega a parecerse bastante. Veamos.


Partimos en barco al mediodía de un viernes y el sábado a primera hora, - bueno, es un eufemismo, porque a esa primera hora me hubiera gustado estar ya esquiando- ya estamos con los esquíes puestos y calándonos las gafas. Y así cinco días, como cinco soles. Mientras el resto de mortales se dirigen al cole o a sus puestos de trabajo -lo que proporciona mayor satisfacción-  se le pone a uno aspecto de bon vivant y empieza a deslizarse por el níveo elemento, sol radiante y nieve -un tanto dura-, ahora a la izquierda y ahora a la derecha.....bris, bras.....

La vida son etapas. En una de las ascensiones en el telesilla, me sumerjo en inusual conversación con mi hija pequeña. Es una semana de absoluta convivencia en ámbito familiar y hay momentos para conversar, más de lo humano que de lo divino. En los escasos minutos que se invierten en llegar desde los 1.800 metros a los 2.500 de altitud hay tiempo suficiente para hablar de muchas cosas. 

Para llegar el momento de poder disfrutar de la nieve y de toda la estación todos juntos ha sido necesario haber pasado momentos de gran fatiga, nervios y situaciones críticas, no crean. Tratar de embutir a una niña de tres años toda la ropa interior de esquí, encima de un pañal, un mono térmico y guantes, las botas y el casco sin que proteste y sobrevivir al intento es ya todo un triunfo. Cuando esté lista, intentar llegar a tiempo a su clase o de la guardería es un nuevo reto. A medio camino, llevando todo el resto del equipo a cuestas, que no tenga que hacer pipí o cacá, que no le duela la barriguita y que no se entretenga haciendo bolas de nieve; es que no llegas! Todo eso multiplicado por dos. Lo más probable es que jamás lleguen a tiempo, que pierdan su clase y que haya que ir preguntando a todo los  tipos con mono de profesor de escuela de esquí que se crucen en tu camino sin obtener respuesta satisfactoria. Luego ya, si eso, tratar de sacarle partido a la jornada; una vez recuperado el aliento. Eso, si por el camino no se ha extraviado ninguna prenda, ningún palo, ningunas gafas recién compradas....

Pasa esa etapa y con menos trapo pero con igual tensión, hay que seguir proyectando el viaje de manera que, al menos, nos queden tres horitas cada día para poder esquiar libremente, sin ataduras ni paradas innecesarias.

Finalmente -tercera etapa-, por fin, podemos disfrutar todos juntos de la nieve. Esto sí que mola. No hay prisa. Puede tolerarse la lentitud del tráfico retenido desde la primera rotonda de Viella con la certeza  de que, con el equipo esperando en el guardaesquí y con los bocadillos en la mochila, queda todo un día por delante. Sigue apretándonos el gusanillo del estómago cuando, ya en el primer telesilla de la mañana, contactamos visualmente con los primeros esquiadores. 





El resto es coser y cantar. Me temo que quedan unos pocos años de esta modalidad. Llegará el día en que las niñas no lo serán tanto y decidan que, para este viaje, ya no hacen falta lo padres porque ya saben hacerlo solas muy bien y se lo pasarán mejor con sus respectivas pandillas. Van por el camino adecuado y eso ya lo he visto en otras familias.

Olvidaremos que un día se quedó el meñique de la mano izquierda  fuera del hueco correspondiente de su guante,  que la bota del pie derecho, insospechadamente, fue a parar al izquierdo; que no llegamos a tiempo de la clase del último día, que sudábamos a pesar de estar a varios grados bajo cero, que el último bocadito del desayuno no acababa de acomodarse en el estómago....

Ahora toca disfrutar y todos juntos, todo el día, con toda la nieve....es un buen plan.


Llegamos al final del viaje y Messi siguen marcando goles.


jueves, 23 de febrero de 2017

Aquella tarde....

Aquel día, poco antes de las seis de la tarde, ya oscurecía en la Nacional II. Después de unas cuantas horas de viaje -por aquellas carreteras de Dios- entre Zaragoza, Soria y Guadalajara un Seat 124 azul, perfectamente tuneado según el esteticismo de la época, toma la última curva antes de una obligada parada para repostar gasolina, estirar un poco las piernas sus ocupantes y tomarse un café. 

Un joven  Coronel, un veterano brigada y un casi imberbe soldado de Sanidad Militar se apean del vehículo. El empleado de la gasolinera, con un raído mono de mecánico se ofrece para llenar el depósito y repasar el parabrisas con un viejo cubo con agua y una esponja. Entran los tres en el modesto bar. No hay apenas clientes; un par de transportistas, dos o tres viajeros más, un camarero atendiendo las mesas y otro tras la barra. El monitor de televisión transmite las imágenes del pleno del Congreso. Se trata de la sesión de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo como Presidente del Gobierno. El jóven soldado no muestra el más mínimo interés y se gira sobre sí mismo. Sin azúcar, bebe su café en una pequeña taza de porcelana que apenas puede coger por su minúscula asa. Enciende un marlboro y tras echar el humo de la primera bocanada vuelve a fijar su vista en el semblante serio, anodino, de Landelino Lavilla....

Al cabo de un rato, acabadas las consumiciones los tres vuelven al vehículo y retoman la carretera. Hace frío. Vuelve a sonar en el interior el cartucho de ocho pistas de Antonio Machín. El soldado, fiel y respetuoso, echa la cabeza hacia atrás y deja por un instante sus ojos en blanco: vaya viajecito! Quedan todavía un par de horas, por lo menos, para llegar a Madrid. Cuánto deseaba llegar a la capital y sellar con un montón de besos los labios de su novia. No iba a poder ser...

Era la tarde del 23 de febrero de 1981 y viajábamos a Madrid para que mi padre fuera reconocido por un tribunal médico que dictaminara su aptitud para el ascenso. Le acompañábamos, voluntaria y desinteresadamente, su fiel suboficial de Intervención de la Pagaduría de Haberes -conductor y dueño de la joya rodante- y yo. Me frotaba las manos con mi feliz reencuentro y con el plan programado para esa noche. Sellar con mis besos los labios de mi novia. Besos y cena; muchos besos y mucha cena....yo tenía 20 años.

Nada más llegar al Hotel, muy cerca del Hospital Militar Gómez Ulla, una obligada y esperada llamada telefónica a mi madre, en Barcelona, para dar la novedad de la llegada.

- ¿Cómo estáis? ¿Va todo bien? Estaba muy nerviosa...
- Acabamos de llegar, mamá. Ha ido todo bien. Te noto muy alterada ¿Qué ha pasado?
- ¿No os habéis enterado? Hay un golpe de estado. Unos guardias civiles han entrado en el Congreso. Hay un follón tremendo.

Perplejo y desorientado rematé la conversación y fui al encuentro de mi padre. Él ya estaba al corriente. La televisión y las radios echaban humo. Nos quedamos enfrentados al viejo monitor en blanco y negro atónitos...y muy preocupados.

Todo lo que pasó a partir de esos momentos es sobradamente conocido por el común de los mortales, como diría muy bien Mariano Rajoy.

Sin el reconocimiento médico - el Gómez Ulla cerró sus puertas desde ese instante- sin cena, ni besos, ni encuentro de ningún tipo, regresamos, por Valencia, a Barcelona, al día siguiente.

Eso sí, la imperiosa necesidad de tratar de averiguar el devenir de los acontecimientos me libró de escuchar durante todo el viaje de vuelta  a Antonio Machín y sus maracas. No hay mal que por bien no venga, habría dicho mi padre.

Por lo menos uno de esos besos, para tí, Mabel.

lunes, 20 de febrero de 2017

El sonido de mi ciudad


Es casi inquietante; los domingos por la mañana, el silencio es tal que casi puede oírse el susurro del movimiento de las sombras. 

Es tal vez un detalle que podría pasar inadvertido -para muchos- pero, cuando domina en el interior de la casa el silencio de la madrugada, al abrir una ventana, puede escucharse un rumor lejano, indefinido, de múltiples tonos. Es la ciudad que comienza a despertarse de su pequeño letargo nocturno. En invierno, especialmente, vivimos de puertas para adentro y salvo los rotores de algún helicóptero en prácticas de vuelo instrumental, el autobús -mi línea 7- o el indiscreto camión de la basura, todos los sonidos son interiores. El crujido del parquet, el crepitar de alguno de los muebles de madera...el murmullo de una reflexión. Es la fortuna de vivir en una zona donde lo más molesto que puede ocurrir es que -ahora ya menos frecuentemente- algún descerebrado circule con una motorrona a escape libre. Ambos,  moto y motero, exentos de la molesta carga de neuronas inteligentes.

Sábado. Me levanto y deslizo  el ventanal. También aquí y ahora bailan los visillos una danza caprichosa. Se ventila la sala durante un buen rato porque la temperatura es muy agradable. Luce un radiante sol y a partir del cumplimiento de un vertiginoso inicio de fin de semana, me aguarda una seductora superficie de tierra batida. Hoy sí, toca tenis. Mi exposición de la teoría de los círculos concéntricos, sobre la propia pista y dibujados los círculos con la misma raqueta, ha convencido a mi amigo/rival de los sábados y yo me alegro por él.

Presto un oido a la radio, No es un día cualquiera, mientras con el otro escucho todos esos sonidos como algo lejano, como el de una lavadora en la coladuría. Sigue la rutina de cada día y el sonido exterior va en aumento.

Crece la actividad del barrio. Más tráfico, más autobuses o tal vez con mayor frecuencia, más voces de niños, más sonidos de muebles, golpes, tacones y el ascensor.

Sirenas de ambulancias, o de bomberos, o de policía, ¿qué sé yo? ¿Por qué tienen tan alto el volumen las sirenas? ¿Es realmente necesario? ¿Hay alguien que se preocupa de esa salvaje contaminación acústica? Me temo que no.

Juego al tenis al mediodía. Una tapia suficientemente alta separa las canchas de la vía pública por donde circulan autobuses, coches y sobre todo, motos....y sirenas, muy frecuentes porque es una calle de acceso rápido a zona hospitalaria. Pues a pesar de esa tapia el sonido es, por momentos,  ensordecedor; justo cuando lanzas la pelotita al aire para efectuar el saque....zas! bola a la red. La madre que lo parió. Te repones de la doble falta y cuando te dispones a sacar nuevamente, el descerabrado de la moto de gran cilindrada apurando el recorrido circular del acelerador hasta darle la vuelta a su propia muñeca. No se reventará los tendones, no. Y si es una motillo, me imagino al pollo casi imberbe descolgado sobre su montura, con desgana, medio desvencijado y apretando, eso sí, acelerador con el tubarrito inclinado hacia arriba y su insufrible explosión de decibelios. 

Proyectan en los alrededores del club una gran zona boscosa urbana. Dará aspecto verde a este barrio casi céntrico de Palma para mejorar su calidad medioambiental.  A ver si alguien se encarga, además, de la contaminación acústica. Me temo que.....

lunes, 13 de febrero de 2017

Un talento adolescente

Los hijos crecen. Van cumpliendo años y el trato y la convivencia diaria no nos permiten advertir sus cambios con la atención debida y el rigor adecuado y nos perdemos parte del encanto, con nuestras prisas, sin nuestras pausas.

Recuerdo perfectamente el día en que cumplí doce años. 14 de julio de 1972 y por tanto verano en Barcelona.  El bochorno habitual propio de esa época del año en aquella ciudad recomendaba bajar las viejas persianas enrollables de madera y dejar que la ligera brisa del mediodía se colase por la estrecha rendija que separaba la última de sus lamas y el marco de la ventana. La casa permanecía, durante las mañanas, en una solemne penumbra. Los visillos apenas aleteaban en una leve danza que contrastaba con la plomiza quietud de los faldones de las cortinas de cretona aterciopelada, mucho menos livianos. Sonaban marchas militares  en el cuartel vecino; tambores y cornetas que ponían, cada día, banda sonora a la vida en aquel hogar y que envolvían, de forma natural y no necesitábamos, por tanto, mejores efectos especiales, nuestros juegos en el correspondiente ardor guerrero, soldados de plástico de aquellas bolsitas de papel a cinco pesetas de las "hazañas bélicas".

Mi madre me preguntó ese día, y lo recuerdo perfectamente -insisto-, ya que era mi cumpleaños, qué quería para comer. Mi menú favorito -contesté- Arroz en cazuela de barro y  pollo a la campurriana. Y así fué.

Han pasado muchos años pero mantengo vivo el recuerdo de aquella adolescencia serena. En familia de cinco hermanos, y en aquella época, no había mucho margen para que nuestros padres pudieran atender las dislocaciones neuronales ni hormonales de su prole y no fuimos especialmente conflictivos. Éramos dóciles, obedientes y con marcado respeto y temor a nuestros mayores; lo normal, por otra parte en aquella época y para lo que podría definirse como gente normal.

En  los  setenta nos entreteníamos con cualquier cosa y pasábamos las horas de máximo rigor canicular deliberadamente  alejados de prolongadas exposiciones al sol. Luego, por las tardes, nos pasábamos el resto del día en la piscina, en permanente remojo. Lo más digital de aquellos juegos era la habilidad para sacar rendimiento a grandes botones  que hacíamos colisionar con uno más pequeño -necesariamente blanco- en una superficie lisa hasta llegar a introducirlo en algo parecido a una portería. O las canicas, a las que también se jugaba con la inestimable colaboración de los dedos.

Veo a la mayoría de los niños de hoy en día; en la parada del autobús, en los coches, en la mesa, en la sala, permanentemente ligados a un dispositivo digital, pasándoles la vida real -no virtual- por encima, sin inmutarse los más mínimo por lo que realmente está sucediendo a su alrededor. Si no viene cifrado en megas, no importa, como si no existiese.

Han cambiado los tiempos y vivimos  cierta zozobra moral. Cae en mis manos la última publicación de Yuval Noah Harari, Homo Deus. Temo no estar en condiciones de asimilar todas las predicciones- muy inquietantes algunas de ellas- sobre el futuro de la humanidad. El hombre se enfrentará, en menos tiempo del que creemos a estas alturas de siglo, a dos efectos de su propia vida: el envejecimiento y , aunque parezca una perogrullada, la muerte. Mi predisposición para debatir ambos asuntos desde una mentalidad marcadamente religiosa -católica- condiciona un tanto esta lectura pero, en cualquier caso, resulta interesante este ensayo sobre la exploración, y posibilidad real, de la cada vez más próxima supremacía de la inteligencia artificial. No está nada lejos. De momento es mera dependencia. Dependemos de unas  cuantas aplicaciones que marcan nuestra hoja de ruta cada día de nuestra vida. Nuestro calendario laboral, el horario de autobuses, la predicción meteorológica, qué, dónde, cuándo y con quién vamos a comer; cual es la mejor ruta para llegar a un determinado sitio, etc.

Y si entramos en redes sociales...

Mis hijas, adolescentes, empiezan a desarrollar cientos de habilidades sobre el manejo de medios informáticos y un sinfín de  aplicaciones. No las envidio porque no envidio del todo ese futuro que les va a tocar vivir. Muy probablemente van a adquirir un gran talento en ese campo y manifestarse en contra de ello es tomar posición y ganar plaza en el analfabetismo del siglo XXI. Las desigualdades sociales del futuro ya no se darán exclusivamente por la facilidad o dificultad de acceso  a una sanidad, formación, educación y alimentos. Será, además,  por tener o no los medios para alcanzar los beneficios de las nuevas tecnologías en esos campos. Ciertamente inquietante. 

Espero que, no obstante las grandes ventajas, jamás dejen de disfrutar de  las emociones de compartir un café para dos, un par de cañas, o, como decía aquella cursi canción, un cigarrillo a medias (sin fumar, claro está).

lunes, 6 de febrero de 2017

Cuánta infamia

Contra todo pronóstico amaneció un sábado de excelente temperatura. El viento había soplado muy intensamente durante la noche y a primera hora de la mañana, sus rachas parecían querer arrancar toldos y persianas. Afortunadamente no llegó la sangre al río y poco a poco el sol acabó imponiéndose. Sobre las doce del mediodía, la temperatura rondaba los veinte grados y resultaba muy placentero tomar asiento en una terraza. De todos modos habrá que seguir en alerta. La previsión es de cambio y no dejamos de estar en invierno.

A pesar de las circunstancias propicias, y aún teniendo en cuenta el fuerte viento, no tocaba tenis. Mi pareja de juego de los sábados no ha sabido reforzar el perímetro personal de sus círculos concéntricos y se ha debilitado donde más le duele: en su tiempo de ocio. Ya se lo advertí.

Es una mañana de cierta resaca. Mi extraño partido de tenis del viernes por la tarde, un cena de pamboliet y  un par de disparos de gin tonic. Ando renqueante -no son años- y una vez cumplida la primera tanda de compromisos familiares me lanzo plácidamente a la somera lectura de la prensa digital, interrumpido por la atención que me merecen un par de intercambios de guasaps con mi amigo Jaime R. de los que luego hablaré. De los principales titulares y de la mayoría de los medios - como si de una caja de surtido  Cuétara se tratara- se desprenden muchos signos de enfrentamientos internos en los partidos políticos. Es un fin de semana de confrontación y en algunos casos -los más populistas no dan precisamente buen ejemplo de tolerancia ni buen rollito entre ellos mismos- auténtica virulencia.

Baleares, como siempre, es otra cosa. Aquí siguen mandando quienes no son capaces de ganar por sí mismos y se ven obligados a pactar contra los que sí ganan (sin acabar de convencer ni a los propios y de los cuales, una buena parte, -me constan muchos testimonios- acuden al colegio electoral con la pinza en la nariz, que llevan de serie como los vehículos llevan el airbag). La consecuencia de estos pactos es que,  al final, muy pocos están contentos y satisfechos. Y el espectáculo que se proporciona a los ciudadanos es bochornoso.

Voy al guasap de Jaime R. Dos fotografías y un texto del que no me tomo la mínima molestia en leer. En la primera de ella aparece un sujeto greñudo y barbudo disfrazado de Capitán General de los Ejércitos (S.M) con una banda cruzada que representa una estelada. En la otra, montaje casposo y exento de genialidad y gracia suplanta la imagen de S.M. en la instantánea de un discurso navideño en el Palacio Real. Ambas fotografías publicadas en su muro de una red social.

Este tipo se postula para presidir la Cámara Parlamentaria de Baleares. Carpintero metálico -honrosa  y muy digna profesión- tiene como mérito su pertenencia a uno de los partidos políticos que sustentan el actual gobierno autonómico. Y si no fuera por el conocimiento público de sus pretensiones nos sorprendería saber que se trata de una nueva vuelta de tuerca en su política de presión para mantener ese gobierno de pactos contra viento y marea. Para ellos es como una pedorreta graciosa pero para muchos de los ciudadanos es una infamia más. No nos merecemos esto, no merecemos que cada día payasos indocumentados nos sigan pintando la cara y, además, sigamos pagando esa fiesta y el carnaval en el que han convertido la actualidad pública española. Ya está bien.

Ya es lunes y hoy la actualidad nos trae un nuevo reto, un nuevo desafio. Si yo tuviera que enfrentarme al aroma del rasillo de una toga no estaría tan sonriente ni tan irrespetuoso. Ellos no. Están por encima del resto de los ciudadanos y como hablan en nombre de una causa pueden permitirse el lujo de burlarse de la justicia, de nuestra justicia. Pues eso.


Nombres que remueven la memoria

La primera que yo recuerdo fue una pequeña y coqueta Iberia blanca. Sobre una de las encimeras de la cocina, resultaba muy atractivo para in...