lunes, 24 de septiembre de 2018

Epílogo del verano.

Decía yo que para lo que podía haber sido el verano,  según se presentaba el mes de junio,  sus casi cuatro meses de sol, mar y aire libre, han cundido y han suavizado el tono áspero que auguraba una intervención quirúrgica con diagnóstico claro y pronóstico incierto. La analítica final, hace unos días, deja a las claras que la borrasca pasa de largo -a Dios muchas gracias- y que es tiempo de volver a la obligación sin descuidar la devoción y recuperar los viejos hábitos; trabajo, ocio, familia y amigos. Por ese orden, o no, depende de cada momento.

Para despedir este verano y ciñéndonos con precisión al calendario, este fin de semana nos hemos empotrado en una de esas colonias estivales que colapsan los núcleos turísticos con una suerte de oferta que hasta ahora no había degustado. La fórmula parece que funciona a las mil maravillas y aunque siempre hay sectores que elevan un poco la voz por quedar un tanto excluidos de la billetera de los visitantes, lo cierto es que todos han aprendido a sacar rendimiento y algunos que parecían quedarse un tanto al margen, reinventándose, eso sí, se han integrado perfectamente y reciben, juntos todos, con los brazos abiertos a los multitudinarios contingentes que se van relevando ordenadamente en cada uno de los hoteles, de diversas cadenas y categorías. 

Elegí Playa de Muro y un hotel de alta categoría para no sufrir, por desconocimiento, una mala experiencia. He utilizado deliberadamente el verbo empotrar porque pese al significado violento que pueda sugerir no se me ocurre ninguno más acertado para describir el acceso y convivencia de una familia española rodeada de cientos de familias centroeuropeas, hablando en su propia lengua y desarrollando todas sus actividades con escrupuloso cumplimiento de hábitos y horarios. Y todo esto sin salir de Mallorca.

Pasando pues por alto esos dos pequeños detalles -lengua y horarios- el ambiente es de absoluto disfrute. Las instalaciones, las habitaciones, los servicios disponibles, la calidad gastronómica, la generosa y variada oferta y la profesionalidad y dedicación del personal -desde el momento de la llegada, pasando por el diverso personal que atiende comedores, bares, restaurantes, piscina, limpieza, entretenimiento, etc-

Si además, nada más asomarte a la ventana te encuentras frente a la amable caricia visual de la bahía de Alcudia y contemplas desde primera hora del día  la gama escalonada de verdes y azules, que más puede pedirse.



Aunque mi familia ya no responde, por edad,  al modelo tipo con el que nos hemos encontrado: bebés, muchos bebés, cochecitos, colchonetas de todos los tipos, volúmenes y tamaños, etc, las dimensiones del hotel hacen fácil y tolerable esa convivencia. Existe, si no, la opción de traspasar la duna verde que delimita el hotel, estirarse en una confortable hamaca en la playa y asomarse al interior del hotel exclusivamente a las horas de avituallamiento líquido y sólido. Y así hemos logrado sacar el máximo y discreto, no obstante, partido al todo incluido. 

Acaba el verano en el calendario pero siguen las condiciones climatológicas adecuadas para seguir  gozando del mar y de las playas baleares. Algunos de mis queridos amigos mallorquines, traicionando su ancestral tradición de no nadar más allá de agosto, han sucumbido al placer de disfrutar de estos fines de semana en bañador y han recuperado del armario las toallas de la playa y las chancletas. ¿Es así o no?

Llega el otoño. Lo sé porque han empezado a colgar los adornos navideños. No tengo palabras.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Regreso al hogar

La primera semana de incorporación al nuevo curso es algo así como un simulacro pero con bomberos de verdad. En realidad no son más que tres días con intercambio de experiencias estivales y asignación de pupitres. Profe nuevo de Física y Química y hay que ver cómo hemos crecido. Y como el buen tiempo nos ha permitido mantener la silla plegable sobre la orilla, después de las primeras clases matutinas, las tardes han transcurrido entre baños de mar y de sol y nos hemos encontrado en ese portal del paraíso los incombustibles vecinos a los que nos cuesta mucho abandonar el barrio. Pero estamos en septiembre y si bien cuando sale el sol el mar garantiza apacibles placeres, en menos de lo que uno se da cuenta se emborrona el cielo, comienza a tronar y aparece la lluvia. Esto es lo que ocurrió el sábado y ese clima tan hostil nos ha reubicado en la dura realidad del final del verano. En consecuencia, casi precipitadamente nos hemos visto forzados a regresar el hogar; ese espacio muerto durante el verano, como un barco varado esperando que suba la marea, al que apenas se le atiende. Si falla un grifo, o se funde una bombilla o cruje una tableta del parquet, ya llegará el otoño y atenderemos sus crujidos. y lamentos. 

Llegó pues el tiempo de reordenar la casa, de regresar al hogar y mientras el cielo descargaba torrencialmente por minutos una caudalosa tromba de agua, la casa se convirtió en lo más parecido a las bambalinas de un gran teatro en día de estreno. Este mueble aquí, estas carpetas para tirar, la cama cambia de lugar y aparecen objetos, libros y apuntes que en solo unos meses han quedado obsoletos. Como para esas labores no estoy suficientemente cualificado (carezco de máster), en lo que el resto de familia deconstruye la decoración de los dormitorios, me da por esmerarme en un buen arrocito de conejo y verduras. Fuego lento y música de Sabina en la cocina, ya sabes....


Llovía, salía algún rayito tibio de sol y la densidad del aire, con una humedad insoportable obligaba a cortar con radial cada cachito para poder respirarlo.

Con la paella en la mesa, el rosado bien fresco y en familia, la lluvia importa ya muy poco. Es una jornada de espaldas al mar, un regreso al hogar con cambio de temporada.

La tenue luz de la tarde acompaña y no desentona en absoluto con el oscuro y desdibujado perfil del equipo español de Copa Davis. Se veía venir; después de Nadal, nada. Marat Safin, excelente tenista ya retirado lo apuntaba el otro día. El nuevo brillo de las "viejas" glorias, Federer, Nadal y Djocovik está más justificado por la falta de un relevo sólido que por el excelente tono de aquellos, que también.  El caso español se veía venir y lo peor es que tardaremos, creo, en volver a tener un nuevo campeón que pueda prolongar la buena salud del tenis español de los últimos treinta años. No hay relevo y el tenis español, con los comentaristas de la televisión regresa a su viejo hogar de "lástima, ha bajado el pistón, qué auténtica mala fortuna, la bolita se ha ido por muy poco, etc". Regresan los tópicos de la frustración y debemos buscar abrigo en otros deportistas; Mario Mola, Gloria Marín, Enric Mas...

Sigue pesando mucho el aire y cuesta respirar (humedad del 90%). Me imagino en mi silla plegable y no descarto esta tarde volver a estirar mis piernas y regresar a ese otro hogar, mi residencia oficial de verano, aunque sea para disfrutar, sucio el cielo, de una puesta que al trasluz parezca una espesa marea negra....



lunes, 10 de septiembre de 2018

Gota fría

La playa se ha borrado. Si no fuera porque mi coche me lleva hasta el aparcamiento sin titubear, una vez en la orilla no estaría muy seguro de estar en Illetas. Eso viene ocurriendo todos los años llegados a este momento. Por eso siempre me ofrezco y no es un brindis al sol, a mantenerla, cuidarla y vivirla intensamente durante el invierno como quien conserva un amor de toda la vida. Y si no queda más remedio, así haré mientras nada me lo impida.



Ha llegado la gota fría. Hoy lunes, muy tempranito y a oscuras, a la hora en que las golondrinas solían iniciar su algarabía (ausentes ya de la calle y de los aleros), la vieja olivetti tecleaba a buen ritmo. Está lloviendo con mucha intensidad, casi diría que con violencia. El agua debe estar acumulándose en la azotea y creo que de buena nos libramos ayer. Contra las malas previsiones que auguraban una jornada pasada por mucha agua, logramos compartir con un grupo de amigos un arrocito caldoso marinero al aire libre. El cazuelón de barro hasta los bordes, buenos vinitos en excelente compañía. Son, tal vez, los últimos coletazos de la terraza. Quedan algunas citas pero eso ya depende del tiempo. Ojalá se pueda.

Excelente vino, Nico. Muchas gracias.

En la semana en que despedimos la maravillosa rutina de un plan que apenas hay que trazar: toalla, crema protectora, bañador y chancletas, aflora como una necesidad el resumen del verano. Al principio, aquellos días entre mayo y junio, mis previsiones -internas, no declaradas- no eran muy optimistas. Una intervención quirúrgica, la amenaza de un diagnóstico incierto y un pronóstico desconocido. Afortunadamente nada como una silla plegable sobre la orilla, en ocasiones la lectura, una buena compañía, música, mucho mar, muchas brazadas -cada día más- alguna cañita bien tirada aunque en vaso de plástico...y eso todos los días.

Si habrá resultado balsámico el tratamiento y la terapia que a fecha de hoy, pese a la ingrata sensación de que esta temporada de playa se está acabando, me siento plenamente recuperado, fuerte, animado y preparado para rescatar el raquetero del trastero, comprobar la tensión del cordaje de mis raquetas, fijar fecha y hora, citar a Pepe, a Antonio, a Salvador, a Will y a Toni y trazar la nueva rutina: tres o cuatro veces por semana.

Y para que no me lleve sorpresas justamente hoy, que tenía intención de empezar a planificar, la lluvia, esta gota fría que está ahora descargando con ira toda el agua que no ha caído en todo el verano. Me imagino las pistas absolutamente encharcadas. Será que el factor climatológico también quería citarse conmigo y exhibir su influencia. Y estamos en terreno de nadie.

El miércoles empieza el curso y comparto la desazón de mis hijas como propia. Con lo bien que se está sin mochilas cargadas de libros, una clase tras otra, el autobús, la taquilla, la merienda, los deberes....Va a ser un año muy especial para mi hija mayor: es su último curso de bachillerato y en breve tendrá que empezar a decidir y concretar qué carrera universitaria y dónde quiere estudiar. Me he tirado parte de la madrugada pensando en ello. Será que a veces, según lo conversado a última hora del día, la idea se queda girando en la cabeza como aquellos comecocos de los ochenta. Y por aquellas asociaciones de ideas me he escapado a mis diecisiete años y al mismo momento de su corta vida en que toca tomar una decisión crucial.

Para completar el escenario hasta la música se pone de mi parte; Suenan The Doobie Brothers y su It keeps you Runnin'...Y me estoy viendo, con mi amigo Gaspar L.T. que acaba de aparcar su flamante 124 Especial azul celeste de tapicería de cuero, bajando las elegantes escaleras de Bacarrá, abordando la pista de acero, chicas guapas bailando y un combinado en la barra: gala de tarde y toda la vida por delante. Primero de Derecho, hace, justamente ahora cuarenta años.

Yo también tengo memoria histórica y en absoluto es negra ni está deformada por la mala intención ni el resentimiento...

https://www.youtube.com/watch?v=HveP0neTpww



lunes, 3 de septiembre de 2018

Llega septiembre

Se acaba el mes de agosto que es como empezar a rematar el verano. Últimas tardes, tal vez, apostado en mi orilla mediterránea. El sol, implacable durante buena parte de las semanas de julio y agosto, a última hora de la tarde, apenas llega a acariciar suavemente la piel de la cara. Y la brisa, tras ocultarse el sol, empieza a ser más fresca. Pese a ello, la temperatura del agua sigue siendo muy elevada y sigue rozando los treinta grados. Resulta mucho más refrescante la ducha del club. Llega el momento de hacerse el remolón a la hora de ausentarse y contemplar como el reflejo de un cielo ya sin sol se despliega en la superficie del mar, espejo plano hasta donde la vista alcanza. Esa luz agita la nostalgia de los que ya preparan la maleta y tienen sus próximas citas en puertos y aeropuertos. Un último chapuzón, unas brazadas hasta la isla, el último contacto con las pequeñas olas que rompen, inofensivas, junto a nuestros pies....y las despedidas. Última bocanada de aire y adiós.

Los visitantes del penúltimo turno de vacaciones tratan de llevarse el rumor de un oleaje que en unos pocos días será recuerdo de un tiempo en el paraíso. En la península acabarán creyéndose que no nos vamos a casa ni cuando cae la noche. Bueno, algo de eso hay en ocasiones. Unas cervecitas o una botella de rosado conservadas en la nevera playera, unos taquitos de queso y unas lonchas de ibéricos, en este escenario y a esta hora, saben a gloria bendita. Y si, además, es entre amigos... Cae la noche, quedamos a oscuras y sobre el horizonte opuesto, a nuestra espalda, nos sorprende una luna de sangre que no han anunciado los medios y que parece más bella, más grande, más roja que la tan cacareada de julio que apenas vimos, por cierto. Los ojos, no así el móvil, consiguen captar una imagen insólita. Cuando la luna ya es visible en su totalidad y empieza a levantarse sobre el perfil plano del Arenal, pespunteado con cientos de lucecillas, su reflejo, absolutamente encarnado, proyecta una estela sobre el mar hasta nuestra orilla. Imposible imaginar, lo siento e imposible de reflejar su nitidez la cámara del teléfono. La próxima vez, cámara fotográfica y trípode.


Y el baño. Hacerlo bajo las estrellas centelleantes y las estelas que va dejando el incesante flujo de aviones que despegan y aterrizan, confirman que quedamos en tierra, en el mar, que no se acaban nuestras vacaciones a tiempo parcial, que seguirán durante unas cuantas tardes más -si el clima lo permite- aunque cada día cierren antes la playa y en breve comience el nuevo curso. A partir de entonces no tendremos más opción que la que nos brinden los primeros sábados de septiembre. Ya veremos, en todo caso, pero que nos quiten lo "bailao".

No siento nostalgia; lo mío es saudade, pero no propia, sino por mis amigos, ausentes ya de la estampa de este mar de septiembre. Es que el final de verano siempre comparece con la misma música de una orilla apacible, con los tenues ecos, cada día más apagados, de la chiquillería que todavía juega con la arena bañada y que dibujan con las huellas de su pies los rastros delebles de sus primeros pasos, con los manguitos super hinchados y los bañadores de la patrulla canina o de Blancanieves mientras devoran con avidez el bocadillo de queso o de "jamón del rojo" para que no se lo coman ni las gaviotas ni el tío Asís.

Así es que seguiré un par de semanas más en mi orilla. No es por mí, de verdad. Es por ti, por tu saudade, por tus recuerdos de un verano que pasa muy fugaz.

- Desde luego, no hace falta que respondas - me dice un colega playero que deshincha un enorme cisne blanco- Estás aquí en la gloria.

- Me sobra un cosa: la banda sonora. El daño que han hecho los altavocitos blutuz. Y el reguetón. Solo una grave desconexión neuronal - mucho humo de maría- permite convencerse que eso no molesta a los demás....y esas letras....

lunes, 27 de agosto de 2018

Vaya personajes!

Si hay algo que no está suficientemente castigado es la estupidez humana y en el caso de algunos personajes, además, está generosísimamente retribuida tanto económicamente como, en ocasiones, en rédito y éxito electoral. Así las cosas y dando por sobradamente conocido el clima de crispación -el whatsapp resulta diabólico- al que nos vienen sometiendo a buena parte de los ciudadanos de este país quienes rigen nuestros destinos (en el Estado, en la Comunidades Autónomas y en los Ayuntamientos) no nos queda otro consuelo que refugiarnos en nuestros ocios y aficiones y tratar de disfrutarlos aprovechando que el tiempo de verano es propicio para ello. Ya llegará septiembre -en breve- y no nos quedará más remedio que desayunar, comer, cenar y trasnochar escuchando las inacabables cantinelas de los que se han propuesto llevar hasta las últimas consecuencias sus intenciones sin que les importe un bledo lo que opinen los que no están conforme con ellos o muestran su oposición. Así nos va.

Unos huesos de general.

Nada le debo a quien nada nos regaló a mis padres y hermanos. Si hubo un colectivo que jamás se vio beneficiado por los favores del general y su régimen fue el de muchos de los funcionarios y servidores públicos y entre estos, los peor tratados, sin duda, los militares, policías y guardias civiles. Lo digo sin resentimiento pero era así. Testimonios guardaba mi padre y custodia aún y muy prudentemente mi madre de las nóminas y su anotación en los dietarios de los ingresos y de los gastos desde que decidieron compartir vida y familia. Y a pesar de lo raquítico de su importe a base de muchas horas de trabajo, muchos sacrificios y muchos ayunos, abstinencias y abstenciones lograron echar a andar a cinco hijos y proporcionarles sustento, estudios y calor. Sí, para asear sus conciencias, los responsables entonces de lo público diseñaron la red de hospitales, farmacias, colegios, viviendas y economatos para aquel personal. Ojalá hubieran recibido una mejor retribución y haber podido ser atendidos, estudiar y comprar las aspirinas, las galletas y el aceite de oliva donde les hubiera convenido o apetecido.

Salvo que -lo más probable- la intención sea señalar  (con una estrella de David) junto al paredón de fusilamiento a quienes no entienden la necesidad ni urgencia de esa acción, que la gran actuación estelar de unos personajes consista en remover por real decreto la historia y su memoria por un montón de huesos, estando las cosas como están, parecería de ópera bufa si no fuera porque es cierto. Al respecto plantearía dos cuestiones. La primera, hipotética y tragicómica; se imagina alguien que, llegado el momento, al levantar la lápida de la Basílica del Valle de los Caídos, apareciera la tumba vacía o sin restos mortales el ataúd. Las tronchas de carcajadas se iban a escuchar hasta en la cima del Everest.

Segunda, real; en el supuesto de que, efectivamente, se encuentren ahí enterrados los restos del general, donde quiera que decidan llevarlos se convertirá en un parque temático, un lugar de permanente peregrinación de cientos de miles de visitantes, próximos o no al personaje y a su pensamiento y de cuanto simboliza su figura en la reciente historia de España cuando hasta hace unos pocos días tenían escasa relevancia las visitas al Valle y eso contabilizando las excursiones del IMSERSO y la insaciable curiosidad de chinos y japoneses. Esto salvo que en la hipérbole del rizo decidan hacerlo clandestinamente -con nocturnidad y tapando las placas de los camiones- como fueron retirados en su momento bustos y figuras ecuestres de plazas y vías públicas y desaparezcan sin dejar rastro. Ahí, dijo yo, la familia tendría algo que decir, supongo. 

Con tantísimo que hacer y mejorar en este país, proponerse tropezar con una lápida y con el inerte inquilino de una tumba, convierte en válido el enunciado del principio. Se me ocurren unas cuentas: la primera muy útil y necesaria. Empezar a adelgazar el gasto público donde más duele a los políticos y donde no parecen querer ponerse de acuerdo: menos cargos públicos -senadores, diputados, concejales, asesores, etc.-, menos órganos innecesarios, menos modelos de gestión de servicios públicos -uno por cada comunidad autónoma en materias de sanidad, educación, justicia, medio ambiente, seguridad ciudadana, etc.

También podrían preocuparse un poquito más por lo que está ocurriendo en Ceuta y Melilla y el descontrolado acoso y agresiones físicas graves que sufren las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Lo que en cualquier caso no parece muy prudente es volver a hurgar en las cicatrices de la historia, volver a pasar el NO-DO desde sus comienzos y volver a releer y escuchar los partes médicos de la flebitis del general y el parte del equipo médico habitual ni ver las escenas de caza, pesca fluvial o las paseos en el Azor. Pues de momento, el tiro por la culata y así mi hija pequeña, entre pantallita y pantallita, asomando la mirada al televisor me pregunta...."pero quién es ese señor de la foto tan antigua? Eso es un aburrimiento"


Me expongo, lo sé, a que cualquiera de esos personajes expertos en repartir carnets, etiquetas y licencias, me asigne alguno de los que suenan en su lindas bocas y que pronuncian con gran elocuencia a falta de mejores argumentos: facha, racista, xenófobo, insolidario, etc....

Insisto: nada debo, nada nos regalaron. Sin resentimiento, pero no me preocupa dónde acaben ni qué se haga con los huesos del general, no quiero perder por eso ni un minuto de mi vida porque afortunadamente la tengo para otras cosas y si me sobran unos segundos, me inquieta más si Valverde se decanta por un 4-4-2- o un 4-2-3-1 con doble pivote....con lo preocupado que me tiene esto, claro.

A trabajar, que falta hace!






lunes, 20 de agosto de 2018

Tormenta de verano

Leí la novela de ese titulo de Juan García Hortelano en mi adolescencia. En la familiar Barcelona de los setenta, alguna de aquellas tardes de agosto en que la humedad y el bochorno hacían finalmente saltar por los aires el cielo gris y brumoso y se desataba, en escasos minutos, una potente tormenta eléctrica, acababan saltando los plomos y se iba la luz de casa dejándonos resignados a contemplar la estruendosa granizada que llegaba a continuación desde la ventana. Llegado el momento, ante la ausencia de mejor manera de pasar la tarde, me refugiaba a solas en las librerías de mi padre. Tras los Papeles de Son Armadans y de la Revista de Occidente que colapsaban las primeras líneas de las estanterías se escondían, entre miles de libros,  las novelas de los premios Planeta, Nadal, Formentor. Era la lectura más próxima desde el sofá, y alargando ligeramente el brazo se podía alcanzar cualquiera de aquellas joyas de esos años. Una de aquellas tardes en que por determinadas circunstancias quedaría solo en casa, en medio de la tormenta, como si viniera como anillo al dedo me fijé en su título. 

Con el temor reverencial de estar haciendo algo no permitido y con cierta avidez comencé a leer la novela. En la clandestinidad de mi soledad y rodeado por una lluvia y luz muy tenues la redacción de García Hortelano fue atrapándome hasta llegar a perder la noción del tiempo y sorprenderme, casi inadvertidamente, la caída de la noche. Llegado ese momento colocaría el libro en su hueco de la estantería y parapetaría su espacio con el fascículo de los papeles de Cela. En los sucesivos días en que me entregué a la novela, tenía la sensación de que, salvo porque no lograra  entender el trasfondo socio político del relato, por su intriga y desarrollo no había motivo para estar prohibida. No tenía sentido pensar que mi padre pudiera molestarse por haberme atrevido a leer ese libro y seguramente sería así, puesto que de su simple lectura nada nocivo se desprendía ni de su argumento ni de su lenguaje. 

Al cabo de unos cuantos años, ya con pantalón largo, en uno de mis regresos al piso de Barcelona, me reencontré frente a aquellas librerías y me topé nuevamente con la novela. La tomé con delicadeza porque los años y la manipulación por su lectura habían deteriorado la parte superior y lateral del lomo. Con cinta adhesiva y cariño trate de restaurarlo y volví a leerlo. Esta vez con mayor comprensión de su fondo crítico por la época en la que se desarrollaba la acción, volví a sucumbir al relato fácil y elegante del autor, a su prosa ágil pero no exenta de un punto de acidez que acreditaba su estilo y pensamiento reconocible en otros cuentos y relatos que leí posteriormente.



Al margen de ese fondo más o menos conveniente y más o menos apropiado para que yo lo leyera en tan pronta edad, cada mes de agosto -suele ser a mediados- cuando una primera entrega de la gota fría mediterránea hace que de forma brusca el cielo se desplome sobre nuestras cabezas entre truenos, rayos y trombas de agua lo identificamos como una tormenta de verano y yo no puedo dejar de acordarme de la novela, de aquel cadáver desnudo de una joven que aparecía en una playa. 

La rapidez con la que se ennegrece el cielo y con la que el viento comienza a rachear  con violencia y a rolar como si tratara de buscar acomodo urgente  en todos los rincones hace que huyamos de los espacios abiertos y alcancemos refugio seguro. Eso pasa en Illetas todos los veranos. Y este no ha sido una excepción. La más divertida manera de vivir la sensación de la tormenta es bañándose en el mar. Al final, puestos a empaparse, correr para apretujarse en una baldosa con semejantes y alocados vecinos no es mejor que observar el espectáculo desde la orilla y ver como el cielo empieza a desgranarse en forma de lluvia y deja sobre el horizonte vistosas virgas, como si las nubes fueran diluyéndose armoniosamente.




Al final, la resistencia tiene su premio y con idéntica rapidez, pasada la tormenta, el cielo vuelve a mostrarse intensamente azul, el sol vuelve a brillar con fuerza y el viento cae en intensidad. Como regalo queda una tarde esplendorosa, la playa casi vacía y el mar plano como la superficie de un lago. Navegar con una sencilla tabla, alejándose de la orilla permite contemplar el fondo con la claridad que proporcionaría un cristal transparente.




Hemos superado el famoso ferragosto italiano y, aunque queda todavía mucho verano por disfrutar, las temperaturas, especialmente las nocturnas, nos dan un ligero respiro. No me sobra esa sábana por encima de los rescoldos todavía humeantes de nuestros cuerpos tras haber superado la fatídica semana de noches tropicales y días con temperaturas superiores a los los treinta y cinco grados.

Todo gracias a una tormenta de verano.



lunes, 13 de agosto de 2018

Amistad y gastronomía

Una reunión de antiguos compañeros de profesión, como si se tratara de antiguos alumnos escolapios, ha sido la excusa perfecta para huir unos pocos días del infierno climatológico mallorquín y refugiarnos en ese limbo de naturaleza y gastronomía salvaje y de temperaturas más templadas: es una gozosa experiencia tras embarcar  en Palma a 40 grados descender la escalerilla del avión, en Lavacolla, a 18. Es la primera vez en mi vida que viajo en avión en bermudas (de lino, eh) pero que no cunda el pánico; ni camiseta imperio ni croks.

El viaje ha sido un armonioso compendio de amistad, gastronomía y excelente clima. Todo empezó con un reto, una comida de interventores gallegos con los cuales, de alguna manera, he compartido destino o experiencias profesionales en los ultimos treinta y pico años. Un homenaje a la amistad especialmente valiosa cuando esta brota del compañerismo. Como si no hubiera pasado el tiempo, la camaradería brilló muy por encima de las expectativas y los productos que nos sirvieron en el Náutico de Sada estuvieron a la altura. (gracias Juan Luis Z.)



Esa noche, la frugal cena consistió en una modesta centolla de la Cetárea de San Felipe y dos Estrellas: 25€. Poco que añadir. Inigualable relación calidad/precio. 



Como de lo que se trataba era de comer bien y en buena compañia, para la segunda jornada la fortuna nos permitió reencontrarnos con Quique y Elo que se cuajó en una visita turística por el viejo y elegantemente  decadente Ferrol y su espectacular Museo Naval y una cita en el Restaurante Vila Vella de Cedeira. A sugerencia de mi entrañable compañero Pepe MR, monaguillo antes que fraile, acertamos en la elección-entre otras cosas- de una finísima palometa roja al horno para tres comensales cuyo punto de coccion y guarnicion de patatas panaderas nos hizo llorar lágrimas como puños. Nada que envidiar a nuestros puntos de referencia de las Rias Baixas. Ya estoy buscando fecha para una nueva y fugaz escapada a ese local.


La manera más saludable de apearse de la mesa, de las exquisiteces y vapores de los buenos vinos (Crego e Monaguillo,  godello) y, obligados a continuar el viaje otra vez en pareja, era revivir mi experiencia de Santa Comba del año anterior: cementerio con visita a la tumba anónima cubierta de conchas (Inma Chacón, Tierrra sin hombres) ascenso en rapel hasta la hermita y baño en la bajamar en la playa de mismo nombre. 


En cada cambio de aguja y reposo la amable, pausada y fina tertulia con Paco M. y Blanca V. Han pasado los años, nos hemos hecho mayores, seguimos en la brecha y sigo llamando al timbre de esa puerta de Fontela que se abre con una sincera y generosa sonrisa. Las buenas personas no alteran la impresión que de ellos vamos cargando en nuestro equipaje. Es igual que hable de perros, de caballos, de árboles o de la sanidad. De cualquier tema exhibe Paco un convincente y rotundo dominio adornado, además, en la claridad y templanza de sus exposiciones. Nos emocionamos, eso sí, cuando abordamos como tema de conversación la gastronomía: pescados y vinos, que de eso también entiende un rato.


El clima, decía, ha sido el mejor aliado para dejarse llevar por las carreteras de esta comarca con el brioso y coqueto Opel Adam de "Drivalia Rent a car" . Bosques y campos inabordables con la vista y kilómetros de frondosas rutas que dejan respirar un aire fresco y saludable. Alrededor de cada curva, solo los matorrales de hortensias salvajes impiden, a veces, asomarse a escarpados acantilados o lejanos prados.

Como una visita rutinaria acudimos solícitos a otro clásico de Ferrol, concretamente de Doniños: el Cholas y sus imprescindibles pulpo, parrochitas y salpicón de marisco. No defrauda y cobra valor tras el baño y presenciando una mágica puesta de sol. Aviso a los incondicionales, Alejandro el "Cholas" se jubila y el local se traspasa, desgraciadamente.



Vamos llegando al final del viaje. Dudamos entre intentar llegar temprano a Santiago y visitar el Pórtico de la Gloria (queda pendiente para el próximo viaje) o dejarnos llevar por la melancolía de este domingo cubierto de nubes y vapor de lluvia, despedirnos relajadamente de Paco, de sus perros, de sus camelios y degustar, como último bocado, la afamada tortilla de Betanzos del Restaurante La Casilla. La elección es fácil y el resultado inigualable. Precedida de las mejores zamburiñas que he probado últimamente, dejamos que el caldo de huevo campero bañe las excelentes patatas medio fritas medio confitadas. La tortilla (para dos personas) acaba de cuajarse en mesa con la temperatura que trae desde la cocina.  



Lloraré la distancia que ya me separa de estos aromas y de estos efluvios degustados estos últimos cinco días empapados en amistad.

Nos merecíamos esta escapada -huida- y volver a viajar por placer para cambiar el motivo de los últimos desplazamientos aéreos.


Nombres que remueven la memoria

La primera que yo recuerdo fue una pequeña y coqueta Iberia blanca. Sobre una de las encimeras de la cocina, resultaba muy atractivo para in...