lunes, 20 de agosto de 2018

Tormenta de verano

Leí la novela de ese titulo de Juan García Hortelano en mi adolescencia. En la familiar Barcelona de los setenta, alguna de aquellas tardes de agosto en que la humedad y el bochorno hacían finalmente saltar por los aires el cielo gris y brumoso y se desataba, en escasos minutos, una potente tormenta eléctrica, acababan saltando los plomos y se iba la luz de casa dejándonos resignados a contemplar la estruendosa granizada que llegaba a continuación desde la ventana. Llegado el momento, ante la ausencia de mejor manera de pasar la tarde, me refugiaba a solas en las librerías de mi padre. Tras los Papeles de Son Armadans y de la Revista de Occidente que colapsaban las primeras líneas de las estanterías se escondían, entre miles de libros,  las novelas de los premios Planeta, Nadal, Formentor. Era la lectura más próxima desde el sofá, y alargando ligeramente el brazo se podía alcanzar cualquiera de aquellas joyas de esos años. Una de aquellas tardes en que por determinadas circunstancias quedaría solo en casa, en medio de la tormenta, como si viniera como anillo al dedo me fijé en su título. 

Con el temor reverencial de estar haciendo algo no permitido y con cierta avidez comencé a leer la novela. En la clandestinidad de mi soledad y rodeado por una lluvia y luz muy tenues la redacción de García Hortelano fue atrapándome hasta llegar a perder la noción del tiempo y sorprenderme, casi inadvertidamente, la caída de la noche. Llegado ese momento colocaría el libro en su hueco de la estantería y parapetaría su espacio con el fascículo de los papeles de Cela. En los sucesivos días en que me entregué a la novela, tenía la sensación de que, salvo porque no lograra  entender el trasfondo socio político del relato, por su intriga y desarrollo no había motivo para estar prohibida. No tenía sentido pensar que mi padre pudiera molestarse por haberme atrevido a leer ese libro y seguramente sería así, puesto que de su simple lectura nada nocivo se desprendía ni de su argumento ni de su lenguaje. 

Al cabo de unos cuantos años, ya con pantalón largo, en uno de mis regresos al piso de Barcelona, me reencontré frente a aquellas librerías y me topé nuevamente con la novela. La tomé con delicadeza porque los años y la manipulación por su lectura habían deteriorado la parte superior y lateral del lomo. Con cinta adhesiva y cariño trate de restaurarlo y volví a leerlo. Esta vez con mayor comprensión de su fondo crítico por la época en la que se desarrollaba la acción, volví a sucumbir al relato fácil y elegante del autor, a su prosa ágil pero no exenta de un punto de acidez que acreditaba su estilo y pensamiento reconocible en otros cuentos y relatos que leí posteriormente.



Al margen de ese fondo más o menos conveniente y más o menos apropiado para que yo lo leyera en tan pronta edad, cada mes de agosto -suele ser a mediados- cuando una primera entrega de la gota fría mediterránea hace que de forma brusca el cielo se desplome sobre nuestras cabezas entre truenos, rayos y trombas de agua lo identificamos como una tormenta de verano y yo no puedo dejar de acordarme de la novela, de aquel cadáver desnudo de una joven que aparecía en una playa. 

La rapidez con la que se ennegrece el cielo y con la que el viento comienza a rachear  con violencia y a rolar como si tratara de buscar acomodo urgente  en todos los rincones hace que huyamos de los espacios abiertos y alcancemos refugio seguro. Eso pasa en Illetas todos los veranos. Y este no ha sido una excepción. La más divertida manera de vivir la sensación de la tormenta es bañándose en el mar. Al final, puestos a empaparse, correr para apretujarse en una baldosa con semejantes y alocados vecinos no es mejor que observar el espectáculo desde la orilla y ver como el cielo empieza a desgranarse en forma de lluvia y deja sobre el horizonte vistosas virgas, como si las nubes fueran diluyéndose armoniosamente.




Al final, la resistencia tiene su premio y con idéntica rapidez, pasada la tormenta, el cielo vuelve a mostrarse intensamente azul, el sol vuelve a brillar con fuerza y el viento cae en intensidad. Como regalo queda una tarde esplendorosa, la playa casi vacía y el mar plano como la superficie de un lago. Navegar con una sencilla tabla, alejándose de la orilla permite contemplar el fondo con la claridad que proporcionaría un cristal transparente.




Hemos superado el famoso ferragosto italiano y, aunque queda todavía mucho verano por disfrutar, las temperaturas, especialmente las nocturnas, nos dan un ligero respiro. No me sobra esa sábana por encima de los rescoldos todavía humeantes de nuestros cuerpos tras haber superado la fatídica semana de noches tropicales y días con temperaturas superiores a los los treinta y cinco grados.

Todo gracias a una tormenta de verano.



lunes, 13 de agosto de 2018

Amistad y gastronomía

Una reunión de antiguos compañeros de profesión, como si se tratara de antiguos alumnos escolapios, ha sido la excusa perfecta para huir unos pocos días del infierno climatológico mallorquín y refugiarnos en ese limbo de naturaleza y gastronomía salvaje y de temperaturas más templadas: es una gozosa experiencia tras embarcar  en Palma a 40 grados descender la escalerilla del avión, en Lavacolla, a 18. Es la primera vez en mi vida que viajo en avión en bermudas (de lino, eh) pero que no cunda el pánico; ni camiseta imperio ni croks.

El viaje ha sido un armonioso compendio de amistad, gastronomía y excelente clima. Todo empezó con un reto, una comida de interventores gallegos con los cuales, de alguna manera, he compartido destino o experiencias profesionales en los ultimos treinta y pico años. Un homenaje a la amistad especialmente valiosa cuando esta brota del compañerismo. Como si no hubiera pasado el tiempo, la camaradería brilló muy por encima de las expectativas y los productos que nos sirvieron en el Náutico de Sada estuvieron a la altura. (gracias Juan Luis Z.)



Esa noche, la frugal cena consistió en una modesta centolla de la Cetárea de San Felipe y dos Estrellas: 25€. Poco que añadir. Inigualable relación calidad/precio. 



Como de lo que se trataba era de comer bien y en buena compañia, para la segunda jornada la fortuna nos permitió reencontrarnos con Quique y Elo que se cuajó en una visita turística por el viejo y elegantemente  decadente Ferrol y su espectacular Museo Naval y una cita en el Restaurante Vila Vella de Cedeira. A sugerencia de mi entrañable compañero Pepe MR, monaguillo antes que fraile, acertamos en la elección-entre otras cosas- de una finísima palometa roja al horno para tres comensales cuyo punto de coccion y guarnicion de patatas panaderas nos hizo llorar lágrimas como puños. Nada que envidiar a nuestros puntos de referencia de las Rias Baixas. Ya estoy buscando fecha para una nueva y fugaz escapada a ese local.


La manera más saludable de apearse de la mesa, de las exquisiteces y vapores de los buenos vinos (Crego e Monaguillo,  godello) y, obligados a continuar el viaje otra vez en pareja, era revivir mi experiencia de Santa Comba del año anterior: cementerio con visita a la tumba anónima cubierta de conchas (Inma Chacón, Tierrra sin hombres) ascenso en rapel hasta la hermita y baño en la bajamar en la playa de mismo nombre. 


En cada cambio de aguja y reposo la amable, pausada y fina tertulia con Paco M. y Blanca V. Han pasado los años, nos hemos hecho mayores, seguimos en la brecha y sigo llamando al timbre de esa puerta de Fontela que se abre con una sincera y generosa sonrisa. Las buenas personas no alteran la impresión que de ellos vamos cargando en nuestro equipaje. Es igual que hable de perros, de caballos, de árboles o de la sanidad. De cualquier tema exhibe Paco un convincente y rotundo dominio adornado, además, en la claridad y templanza de sus exposiciones. Nos emocionamos, eso sí, cuando abordamos como tema de conversación la gastronomía: pescados y vinos, que de eso también entiende un rato.


El clima, decía, ha sido el mejor aliado para dejarse llevar por las carreteras de esta comarca con el brioso y coqueto Opel Adam de "Drivalia Rent a car" . Bosques y campos inabordables con la vista y kilómetros de frondosas rutas que dejan respirar un aire fresco y saludable. Alrededor de cada curva, solo los matorrales de hortensias salvajes impiden, a veces, asomarse a escarpados acantilados o lejanos prados.

Como una visita rutinaria acudimos solícitos a otro clásico de Ferrol, concretamente de Doniños: el Cholas y sus imprescindibles pulpo, parrochitas y salpicón de marisco. No defrauda y cobra valor tras el baño y presenciando una mágica puesta de sol. Aviso a los incondicionales, Alejandro el "Cholas" se jubila y el local se traspasa, desgraciadamente.



Vamos llegando al final del viaje. Dudamos entre intentar llegar temprano a Santiago y visitar el Pórtico de la Gloria (queda pendiente para el próximo viaje) o dejarnos llevar por la melancolía de este domingo cubierto de nubes y vapor de lluvia, despedirnos relajadamente de Paco, de sus perros, de sus camelios y degustar, como último bocado, la afamada tortilla de Betanzos del Restaurante La Casilla. La elección es fácil y el resultado inigualable. Precedida de las mejores zamburiñas que he probado últimamente, dejamos que el caldo de huevo campero bañe las excelentes patatas medio fritas medio confitadas. La tortilla (para dos personas) acaba de cuajarse en mesa con la temperatura que trae desde la cocina.  



Lloraré la distancia que ya me separa de estos aromas y de estos efluvios degustados estos últimos cinco días empapados en amistad.

Nos merecíamos esta escapada -huida- y volver a viajar por placer para cambiar el motivo de los últimos desplazamientos aéreos.


lunes, 6 de agosto de 2018

Palma 80,s (I)

No me creen cuando digo que yo veraneo a tiempo parcial, a media jornada en este tupido litoral donde se vienen sucediendo las compañías y las galas de tarde y de noche, de tantos ocasos ardientes sin que el termómetro se apee de los treinta grados. Estoy por quedarme tirado en mi orilla balbuceando dos viejas canciones, dos clásicos del pop español, que empecé a degustar en las calas baleares y en algunos bares de la bahía de Palma en las lejanas madrugadas de los felices e inconscientes ochenta: Treinta y siete grados (los corporales de cada cual) y Escuela de calor.

Eran esas, entre otras, las que sonaban cuando llegaba la hora de maquearse con un leve vapor, un rocío de Fahrenheit o de Eau Sauvage y encender las noches en el Corb Marí, seguirlas en Luna y verlas desvanecerse en Babels, donde, desde su enorme ventanal con arco de medio punto -al fondo, a la izquierda- nos sorprendía el amanecer con un vaso de tubo en las manos y dos tristes piezas de hielo diluyéndose en el penúltimo cubata de ron de relleno, con las wayfarer caladas en la turbia mirada de ojos hidrópicos de jóvenes amazonas del alba que nunca encontrábamos o que ya se habían marchado...En la fachada de enfrente, la puerta del infierno y el mismísimo Lucifer administrando el acceso al local más cosmopolita, ultramoderno y postpunk de Mallorca: Abraxas. Allí nos reuníamos lo mejor de cada casa, apostados sobre la barra o en la terraza, con un sol implacable que dolía en nuestras conciencias. Abandonábamos por fin ese callejón de la Plaza del Vapor una jornada más, derrotados por la inconcreción de nuestras negociaciones y huérfanos de ánimo para regresar a casa. La última paradita más de un día era en una panadería de  la calle San Magín para bebernos los chupitos de lo que fuera que nos ofreciera el maestro hornero en su trastienda. Con sus manos y delantal cubiertos de la harina con la que confeccionaba excelentes ensaimadas, se nos venía arriba con sus vinilos de María Calas. Parecerá muy surrealista pero era así -hay testigos-. Pasaba el dorso de su mano sobre el disco y lo colocaba con mimo bajo la aguja del tocata. Entonces, se apartaba de la mesa y gesticulaba con gran afección al sonar las primeras notas.

Con las ensaimadas y el Última Hora (que se vendía en algunos semáforos) bajo el brazo llegábamos a casa y atracábamos la nevera. Un par de lingotazos de gazpacho fresquito y dejábamos caer nuestros cuerpos sobre el colchón. Misión cumplida. Ya serían las ocho....unos minutos antes de que mi padre se sentara a desayunar las ensaimadas y el periódico. A esas horas, con la fresca,  mi madre ya planchaba. En un par de horas, estaríamos camino de la playa; Cala Mondragó, Cala Figuera, Cala Llombards, la Colonia de San Jordi….o Illetas y con el cuerpo bien apañadito buscábamos una parcelita desierta y sombreada donde reanudar nuestros sueños quebrados. El baño nos rescataba de las intempestivas sacudidas de la noche anterior y brotaban con fuerza las ganas de volver a la batalla y a la gresca; pactar con unos y con otras la estrategia de una nueva noche. Esta vez en Tito´s el verano en que sonó Lessons in Love  de Level 42 y la trotaban en la sala unos tipos pakistaníes o hindúes con una estética  locomía que por entonces ya nos chirriaba y ahora simplemente nos horroriza. Sin embargo a las chicas les entusiasmaba aquella forma tan sincronizada de bailar pegando botes y cruzando pies y brazos de forma muy ordenada, hasta el punto de pretender participar del aquelarre.

Bastante más ingenuos de lo que creíamos ser, ignorábamos que ya por entonces, con nuestras consumiciones en la mayoría de estos locales, se estaba fraguando su propia leyenda e industria un controvertido empresario del que recientemente hemos conocido sus presuntas fechorías. ¿Quién será?

De aquellos polvos, estos lodos.

lunes, 30 de julio de 2018

La música de mi orilla

La orilla derecha de mi playa habitual viene siendo como el vagón del tren expreso que es el verano. A él se van subiendo ilustres visitantes, queridos amigos y familiares asiduos con los que compartir unos rayitos de sol y unas cuantas horas de palique. Un buen día, cuando llegan al final de su trayecto, los pasajeros se apean y los despedimos con tristeza cuando ya están en el andén y han bajado su equipaje. Ya lo han hecho Alfredo, Natalia y su excelente prole. Nosotros seguiremos el viaje y recibiremos a todos los que vayan subiendo, igualmente ilustres y queridos. Para dentro de poco más de un mes quedaremos en el vagón los viajeros permanentes que lo cuidaremos con mimo y, cuando la gota fría mediterránea borre la orilla y la cubra de algas, lo guardaremos en las cocheras hasta el verano que viene. 

Por fin, después de un mes en ese vagón a pleno sol, mi piel ya ha adquirido el tono propio del verano. Bueno, ese tono entre tostado y cobrizo que ha sido característico en mí toda la vida. Siempre hay alguien que te advierte: ten cuidado, ponte crema que te has quemado. Vale, gracias. Tomaré nota, como decía Mike Hammer con su pícara sonrisa de medio lado. Me aplico desde el primer momento mi protección 50 en cara, cuello y tronco y me expongo lo justo y con la prudencia debida a las horas de mayor radiación. Pero por la tarde, cuando el sol comienza a resbalar por el horizonte, extiendo toda mi humanidad sobre la orilla y dejo que el murmullo de las olas me suma en placenteras ensoñaciones. La lectura en playa me cuesta porque tengo que combinar la excesiva luminosidad con mi pertinaz presbicia y todavía no he transitado del papel al pixel. 

Necesito aislarme del reguetón a todo trapo que consumen las hordas juveniles que habitan la arena mientras queman masivamente canutos de marihuana. Los dejo a mi espalda, a sotavento y me calzo mi veterano iPod nano. Prefiero colocarme con mi propia agenda cultural. Un total de ocho gigas de capacidad repartidas en más de cien autores y grupos dan casi para más de cuatro mil canciones. Es decir, para muchas tardes. En ocasiones me decanto por algún grupo que me garantiza la pérdida de consciencia sobre la hamaca. Vamos, lo he logrado hasta con AC/DC así que excuso decir la profundidad del pozo de sueño cuando a quien me abrazo es a Sade o a Cecilia Bartoli y su colección de arias. Babeo total.



Muy frecuentemente selecciono algún tipo de música que se asocia artísticamente con los destellos que, a avanzadas horas de la tarde, comienzan a chisporrotear sobre la superficie del mar. La luz del sol hace que la piel, a contraluz, adquiera un reflejo dorado mientras suenan los insinuantes ritmos de la Garota de Ipanema; la original (la de Antonio Carlos Jobim) o los de la  California girl de los Beach Boys que me transportan a latitudes y tiempos no vividos por mí pero que sería capaz de imaginarse el más común de los mortales del conjunto de los españoles (como diría Don Mariano).

Sin oponer resistencia voy sucumbiendo cuando, en modo aleatorio, pasea Joaquín Sabina, con el agua hasta sus tobillos, su poesía urbana y el Tiramisú de limón.

En este sencillo escenario soy capaz de aislarme de esta jodida actualidad de conflictos enconados, de falsos héroes de pies de barro, de vuelos extravagantes, de egoísmos personales de personajes megalómanos fugitivos de la justicia, de la hueca, improductiva y aborrecible retórica de género y del lenguaje inclusivo cada vez más exclusivo, de las fosas, de los huesos del general, de absurdas estacas clavadas en espacios públicos, de lazos en solapas, en bancos, en farolas, en vallas y del soniquete molesto y constante de los cascabeles de un burro atado a la noria que gira y gira y gira para no llegar, para no llevarnos a ninguna parte.

Llega la hora de partir de ese lánguido rincón y recojo los bártulos playeros. Tomo el camino de casa deslumbrado por ese sol cada vez más bajo que corta la vista sobre la carretera como un cuchillo afilado. Suena Roy Orbison….Anything you want, you got it y es armoniosamente coreado por el conductor de la vieja ranchera megane  y sus adolescentes hijas y por las adolescentes  amigas de sus hijas que ya no quieren ser princesas y que irremediablemente una noche de estas saldrán a bailar con chavales a los que les dará por perseguir el mar en un vaso de ginebra.

A Carlitos le han construido una replica exacta del Castillo de Bellver. Su padre -jefe de obra- y una voluntariosa cuadrilla de peones se afanan en rematar el trabajo antes de que una ola lo engulla. Es la esencia del verano.

Y así lo vamos cantando.

lunes, 23 de julio de 2018

Las bermudas son para el verano

Hace ya casi dos meses, unos minutos antes de abandonar la Sanchinarro con el alta hospitalaria y obligado por las circunstancias me sentí un tanto azorado por la prescripción facultativa que me desaconsejaba utilizar, una vez recuperada mi libertad condicional y para cuando ya estuviera en casa, una prenda que resulta casi obligatoria a partir de junio en Baleares: las bermudas. Debo matizar: nunca, por supuesto, ni para acudir al trabajo ni para asistir a ciertos eventos, pero sí, en cambio, imprescindible para el tiempo de ocio y paseo, con los treinta y pico húmedos grados que se alcanzan desde bastante antes del final de curso escolar hasta octubre.

La expresión de extrañeza del farmacéutico hospitalario y la de mi médico, cuando tras ver yo el artilugio que debía sujetar a mi tobillo comprendí que me veía obligado al uso del pantalón largo, hizo que me sintiera como un extraterrestre. ¿bermudas? se preguntaban, riéndose,  como si esa prenda estuviera proscrita en Madrid, o estuviera yo bromeando.

Para acabar de hundirme en la miseria y comentándole el incidente, Joaco hurgó incisivamente en la herida, con su lacónico verbo y habitual elegancia: se empieza con las bermudas, querido Asís y se acaba con un pantaloncito pirata, camiseta imperio y crocs en los pies. Bermudas, por Dios, pero qué horror, qué espanto!

Total, que impelido por la necesidad, tomé el taxi y luego el avión de regreso a Palma con un pantalón largo y así he tenido que permanecer durante casi un mes. Una vez liberado del molesto dispositivo postoperatorio y aliviado el régimen de libertad condicional he rescatado todas las bermudas veraniegas de mi fondo de armario y excepto para ir a trabajar o a alguna cita que lo haya requerido, he recuperado como vestimenta de verano esa prenda. El tiempo de orilla y mar ha hecho que mis piernas hayan tomado el color que se requiere y he incorporado otras dos bermudas la mar de elegantes y fresquitas.

Las bermudas, queridos, como los helados y las cenas en la terraza,  son para el verano como la bufanda y el puchero calentito lo son para el invierno. A ver si el médico, el farmacéutico y mi amigo Joaco se iban a poner de largo para ir en Baleares a la playa o a tomarse un cucurucho de chocolate belga por Jaime III en pleno verano a las ocho de la tarde.

(Y perdón por lo de belga)

lunes, 16 de julio de 2018

Imagen

De alguna manera el final de los sanfermines viene a echar el broche al primer Acto de esta gran representación festiva que suele ser el verano. Queda  lejano el final de curso, la recogida de notas, los primeros baños y las primeras cenas en terraza. Los finales de los encierros y carreras por la calle Estafeta de Pamplona, el final del mundial y la final de Wimbledon abren un período de cierto relax. Ya puedo olvidarme de la tele. He perdido la cuenta de los años que llevo siguiendo puntualmente los encierros por televisión. He intentado ver casi todos los partidos del decepcionante mundial de Rusia (poquito fútbol y mucho VAR). Y me he llevado lo peor y lo mejor del torneo de hierba: el partido de Nadal/Del Potro y el soporífero Isner/Anderson que se lo podían haber jugado, con muchas más emoción, a los chinos.

La repetición a cámara superlenta de toros, goles y voleas en la red, desde la placentera comodidad del sofá invitan a rescatar de la memoria la escasa calidad de las imágenes de antaño, veranos de ventilador y Tang, aquellos sobres de polvo sabor naranja o limón que se vertían en una jarra de agua y que agitábamos con mucho hielo. 

Vivimos bajo el objetivo de un gran ojo de halcón y cada vez resulta más difícil habitar un ángulo muerto. El pitón del morlaco engancha la pañoleta del mozo y lo lleva en volandas, recorre ochenta metros zarandeándolo como si fuera un molesto pasajero. Se le ve perfectamente la expresión de pánico mientras intenta liberar el nudo...y si resulta que ha dicho a propios y extraños que no cuenten con él durante ese día porque tiene un viaje de trabajo o está con virus estomacal, pues caes con todo el equipo y date por satisfecho si ese pitón no te lleva hasta la enfermería.

El defensa levanta las manos y agita su cabeza de lado a lado, pero está el VAR captando el preciso instante en que está empujando con ambas manos al delantero o sujetándolo por la camiseta o metiendo un pie entre sus piernas: penalty, claro. Al VAR en España deberíamos llamarlo Ortiz de Mendíbil, el de la moviola y anda que no había que verlo cientos de veces, por la pésima calidad de las imágenes, para que, al final, prevaleciera aquel famoso dictamen....y por lo tanto, penalty.

Ha sido un Wimbledon inusualmente seco y caluroso. Por momentos parecía que estuvieran jugando sobre un campo de trigo recién segado. Tal vez por este motivo, nuestro admirado Nadal ha logrado desarmar el juego de los expertos en superficie rápida. A pesar de eso, una vez más, he vibrado con la épica de Rafa. El duelo de cuartos de final contra Del Potro ha sido el mejor y más emocionante partido de tenis que he visto en mi vida y eso que llevo como espectador de tenis desde aquellas legendarias eliminatorias de Copa Davis desde el Club de Tenis de Barcelona, entre España y Estados Unidos. Los jugadores de entonces: Gimeno, Orantes, Gisbert, Higueras, Smith, Solomon, Ashe, etc. Y, volviendo a la claridad de la imagen: en blanco y negro y con unas repeticiones que vistas en la actualidad parecen hasta cómicas, con una enorme erre en mayúscula y parpadeante que pretendía ratificar el "sí, sí, la bola entró" del gran Juan José Castillo.

El gran ojo de halcón capta todo y la imagen grabada deja poco margen de error. Deberían instalarlo en Parlamentos, Ayuntamientos y ciertos locales y luego difundir las grabaciones en alta definición de tal manera que pudiéramos apreciar por nosotros mismos qué, cómo y quién cumple con sus obligaciones. Pero parece que hoy es mal día para hablar de vídeos.

Felicidades a la Armada Española, a los Marinos de Guerra, a los Marinos Mercantes, a los pescadores, a las Cofradías, a todos los navegantes y a todos aquellos que viven por y para la mar. Que la Virgen del Carmen nos proteja y nos guíe.

Enhorabuena a Francia, a Djokovic y, tengo mis dudas, no sé si a los mozos o a los toros.

Atentos a la pantalla, empieza el segundo Acto.



lunes, 9 de julio de 2018

Donde terminaba el mar


Siguiendo escrupulosamente recomendaciones facultativas me apoltroné junto a la orilla de Illetas y dejé que el iPod fuera volcando sobre mis oídos todas las canciones de los Smiths que iban cayendo como un goteo incesante. Un inconfundible aroma ochentero se apoderó de mi rácana capacidad de resistencia y caí, rendido, en una placentera desconexión neuronal. El sopor y la música me transportaron a la ruta que llega hasta la ferrolana playa de Doniños. Supongo que, junto con otros muchos grupos del british pop de aquellos brillantes años de la música, formaba parte de la banda sonora frecuente en aquellos trayectos vespertinos que, serpenteando entre hortensias, desembocaban en una mar, a menudo muy arbolada en su pleamar o serena y apacible en la lejana orilla de su bajamar. El escenario quedaba encuadrado entre Punta Penencia y la lejana Santa Comba. El horizonte,  encuentro de cielo y mar, se diluía a veces en una espesa bruma que vaticinaba cambio de tiempo. Parapetado entre las dunas disfrutaba de sol, mar y la música de Radio 3 que sonaba en la vieja Grundig Micro Boy. El intenso perfume de algas se mezclaba con los suaves matices del aroma del carrizo al calor del sol. El desplazamiento hasta las primeras olas llevaba un ratito de caminata y la memoria flash quedaba atrapada por la sintonía de This Charming man.


He leído el pasado fin de semana en un titular digital que Ferrol prolonga su lenta agonía y que su viejo centro se queda sin población, sin locales comerciales, sin vida. Ferrol Vello languidece añorando su bullicioso pasado y ahora se está quedando también sin niños. La mayoría de sus vetustas casas, engalanadas con  miradores acristalados, amenazan ruina y no hay jarabe que cure sus males. Cuánto misterio e historia encierran esos balcones solamente habitados ahora por fantasmas del pasado. Los adoquines de la calle Real están quedando huérfanos de pisadas y un halo de melancolía resbala lentamente entre las grietas de sus fachadas. 


Cuando regresábamos de las dunas, después de dejarnos revolcar por violentas olas a cuerpo limpio, nos faltaba tiempo para maquearnos y saltar a sus calles. Era la hora de los primeros cortos y la ciudad transpiraba una efervescencia que ahora pocos creerían. Llegó Zara cuando Los Limones eran todavía  del Caribe y tocaban en locales como No se lo digas a mamá -entre gruperas y goggós locales de buena familia- y aunque en sus letras ya se advertía una incipiente decadencia, nada hacía presagiar su aspecto actual. 


Zara está siendo el último en abandonar el centro de Ferrol como el buen Capitán que abandona, último, el barco que se hunde. En aquellos tiempos -finales de los ochenta- todos los jóvenes ferrolanos y los residentes forzosos comprábamos allí pantalones de colores, camisas floreadas, vistosas chaquetas y bañadores. Era una moda fresca jamás antes conocida en una gran tienda orientada a una población joven que por entonces, con la mitad de la Flota de la Armada Española entre el Arsenal y La Graña, gozaba de excelente salud. Por la calle Real, a veces intransitable, se tropezaban entre sí, familias numerosas con niños y niñas vestidos como para una comunión aunque no la hubiera. Todos conjuntados, vistosos floripondios en el pelo las niñas y muchos cochecitos de bebé. Anécdotas y recuerdos múltiples de las correrías por esa calle, como la sorprendente imagen que no borré de la memoria de mi querido Joaco corriendo desbocado con Schuman sujeto por su correa.


Zara se va y su espacio quedará hueco y pasarán más años y nada ni nadie podrá evitar que el tiempo siga empañando los cristales de la mayor parte de los comercios locales.


Hay que echar una mano a esta ciudad que cruje como un viejo cascarón varado donde termina el mar.


Recomiendo, especialmente a familias con hijos que se dejen caer de vez en cuando en esta Ciudad donde nadie es forastero, aunque le robe, deliberadamente, el eslogan a La Coruña. Vendré a visitarte, Ferrol, aunque sea para volver a pasear, sobrecogido, tus calles que van desde la plaza del Marqués hasta Esteiro y poder tomarme unas raciones de pulpo en el Cholas, unas zamburiñas o una tortilla paisana en El Gallo, un raxo en el Sexto Pino, unas raciones de embutidos en Vicente o un sencillo bocadillo de pan de bolla con jamón y queso do país en El Cruce.


Total, de todo aquello solo han pasado treinta años.

Nombres que remueven la memoria

La primera que yo recuerdo fue una pequeña y coqueta Iberia blanca. Sobre una de las encimeras de la cocina, resultaba muy atractivo para in...