lunes, 8 de octubre de 2018

Me duele todo, gracias a Dios


Me duele todo, gracias a Dios. Digo esto porque después de una prolongada ausencia de cuatro meses de las pistas de tenis, esta semana pasada he regresado a ellas por partida doble: martes y sábado. Rescaté el raquetero del trastero, abrí un bote de pelotas nuevas -la fragancia que despide la liberación del aire contenido a presión en el interior del bote me evoca recuerdos muy lejanos- y volví a pisar la arcilla roja de la pista 3 del  Fortí. Primero fue con mi amigo y compañero Antonio V. al que no has de fiarle el más mínimo descuido porque llega a todas las bolas. Los cientos de kilómetros que acumula semanalmente en sus piernas por sus rutas ciclistas por la isla le han proporcionado un fondo físico que lo convierte en inexpugnable. Está hecho un chaval y ahuyenta sus quejíos granaínos a golpe de pedal y claro, luego en la pista no hay manera. Gracias compañero.

El sábado me levanté muy tempranito.  Apuntaba un día soleado y de excelente temperatura. El otoño, en Mallorca, puede ser cualquier mañana o cualquier tarde pero nos movemos todavía en valores casi veraniegos. Así, el jueves pude apaciguar mi alma en mi querida orilla y gozar de un plácido vaivén de microscópicas olas que jugaban inocentemente bajo las plantas de mis pies mientras un furtivo cormorán llenaba su buche con minúsculos pececillos visibles a simple vista desde mi silla plegable. En el iPod, Al Jarreau se encargaba de poner sonido aunque el murmullo de la escena al natural ya quedó reflejado en un vídeo que algunos destinatarios calificaron como muy estresante con muchas eses.

Cuando Pepe L.Y. toma la raqueta también se olvida de los males que corroen su moral fuera del vallado y si en algún momento llega a ver peligrar el punto, alarga el gesto hacia atrás y suelta el brazo acompañando a la bola como un proyectil. En esos momentos es cuando me doy cuenta de que me costará recuperar mi fondo de armario del tenis, pero en un par de semanas volveré a mis niveles extraviados entre el quirófano y la orilla.

Antes de entregarme al gozo de la raqueta, la obligación. Me engancho a la suela de acero y vapor y comienzo a recorrer toda la geografía textil de mi casa: recorriendo la más variada gama de pantalones, camisas, camisetas, servilletas, etc. Las arrugas van cediendo al implacable avance de la plancha mientras mi mente viaja a ritmo pausado y templado sobre las inquietudes que me acechan y los ruidos estridentes de la actualidad. Escuchar informaciones sobre las tesis y sus plagios, sociedades interpuestas, trampas y tramposos, casoplones no declarados o adquiridos de maneras extravagantes con la excusa boba que es la única manera de poder comprar una vivienda así en Europa... ¿Qué? ¿Cómo? ¿Entonces significa eso que los que acudíamos con más miedo que vergüenza a un Banco a hipotecar veinticinco o treinta años de nuestras vidas, de nuestros sueldos, éramos tontos? ¿Es eso? ¿Es que no hay ni hubo decencia como para haber actuado conforme a la ley y sin trampas? ¿Es que no hay gente honesta que, con sus dificultades y privaciones, haya sido capaz de andar el camino sin tomar atajos prohibidos? Ni rebozo ni rubor. Y se quedan tan anchos.

Visto el panorama trataré de dejar de lado la soez carga de mentira y falsedad y me enfrento esa luminosa mañana de sábado a Pepe y su gesto largo de drive. A mí me tocará correr a por la bola y devolvérsela.

Después de jugar yo, por la tarde acudo a la cita anual con las viejas leyendas del tenis de hace menos de una década: Martina Hingis, Tommy Haas, Juan Carlos Ferrero, Carlos Moyá, Alex Corretja... cómo corre la bola, mucho más que en la tele.

Y lo que queda, eso, que me duele todo pero que es una suerte comprobar que después de la lluvia acaba saliendo el sol y que después del prolongado parón de cuatro meses, los abductores, los aductores, el hombro y las piernas acusan la vuelta a la actividad, gracias a Dios. 

En un par de semanas, de nuevo a tope. Venga, vamos, saca tú!

lunes, 1 de octubre de 2018

Crisol de Crisoles


Si bien el viaje no era exclusivamente entregado al ocio, he disfrutado de un fin de semana intenso en Madrid. Creo que a fecha de hoy está a años luz de Barcelona, entregada, desgraciadamente a las veleidades y ensoñaciones nacionalistas que, creo sinceramente, no le han hecho favor alguno. Y hablo estrictamente del concepto urbano. Si bien hace poco más de un año y medio llegue a disfrutar de una ciudad alegre y jovial, a la par festiva y febril, el atentado de las Ramblas y la radicalización del nacionalismo independentista en sus calles han enturbiado aquella imagen y hoy, en la intencionada distancia que he querido tomar, me parece una ciudad triste y desolada. 

Por contra, Madrid tiene otro pulso, otra dimensión. Madrid es superficie, vuelo, pero sobre todo, subsuelo: su metro. Según llegas al vestíbulo del metro del aeropuerto, bajando las escaleras que desembocan en las taquillas, el revuelo de pasajeros, trolleys, maletas, etc. da cuenta de una actividad frenética y bulliciosa. Ya en el interior de sus vagones se advierte el crisol de crisoles que habita esa gran urbe, sea como vecino permanente o lo sea como visitante. Razas, colores de piel, modas, peinados, tatuajes, idiomas, bolsos, maletas....y móviles. El viaje en metro, si logras aislarte de tu teléfono, si lo dejas en el bolsillo y te dedicas a observar a tu alrededor, te proporciona una foto fija, un retrato sociológico vivo y candente de la ciudadanía que habita la capital.

Cuando al salir de las estaciones pisas el asfalto, permanece el bullicio de miles de personas sujetos a un aparatito, auriculares en las orejas y ajenos a la vida que no se refleja  en las pantallas de las redes sociales o de las playlist que escupen su música ininterrumpidamente. 

El motivo del viaje, decía, estaba inicialmente justificado con una primera revisión postquirúrgica. Y como ya se había puesto de manifiesto con una óptima recuperación en orilla y mar, amigos y familia, la analítica previa ya presagiaba un diagnóstico feliz. En consecuencia el siguiente paso era la celebración repartida entre cultura y gastronomía.

Volví a probar las excelentes croquetas del Bar Jurucha (Ayala, 19), rememorando mis viejos tiempos de estudiante de oposición. Se borró de la Calle Lagasca el viejo Bar Peláez (han pasado treinta y cinco años), pero afortunadamente sigue en pie O Caldiño, en esa misma calle, número 74, con sus plafones de madera un tanto trasnochados y una oferta gastronómica un tanto especulativa. Pero había que probarlo. 

Caballo ganador, el Qüenco, (Alberto Alcocer,26) con su correctísima propuesta de producto fresco de huerta y mar -la corvina, excelente-.

Finalmente, otro clásico, pendientes los callos a la madrileña desde mi preoperatorio, marcado por un exigente ayuno desde cuarenta y ocho horas anteriores a mi paso por quirófano, el castizo Casa Lucio: huevos estrellados, los callos, revuelto de setas y langostinos y un meloso rabo de toro. 

Toda la gastronomía acompañada por ilustres amigos, visitantes inagotables de aquellos días de penumbra hospitalaria: Begoña y Manuel, Natalia y Alfredo y Joaco. Gracias por todo, amigos.

La cultura, por nuestra cuenta, en dos visitas imprescindibles y que no se agotan ni en un día ni mucho menos en una tarde: el Museo Arqueológico Nacional, impecable recorrido de los que fuimos y de por qué somos lo que somos y, cómo no, el Museo del Prado, reinventado en cada visita con la posibilidad de enfrentarse en vivo y sin más interferencia que un cordón que separa la obra del curioso, con cuadros que hemos conocido en cromos y diapositivas. Otra vez Velázquez, Goya, Rubens, El Greco....Luces y claroscuros, retratos de historia. 

Y una reflexión: qué tendríamos de todo esto si hace seis o siete siglos todos estos genios hubieran crecido con un smartphone 4G en la mano. Pues eso nos queda, a ver qué cultura dejamos nosotros para  que llegue a generaciones futuras.

Quedan más visitas y afortunadamente muchos más amigos con los que compartir una buena mesa y un buen cuadro. 


lunes, 24 de septiembre de 2018

Epílogo del verano.

Decía yo que para lo que podía haber sido el verano,  según se presentaba el mes de junio,  sus casi cuatro meses de sol, mar y aire libre, han cundido y han suavizado el tono áspero que auguraba una intervención quirúrgica con diagnóstico claro y pronóstico incierto. La analítica final, hace unos días, deja a las claras que la borrasca pasa de largo -a Dios muchas gracias- y que es tiempo de volver a la obligación sin descuidar la devoción y recuperar los viejos hábitos; trabajo, ocio, familia y amigos. Por ese orden, o no, depende de cada momento.

Para despedir este verano y ciñéndonos con precisión al calendario, este fin de semana nos hemos empotrado en una de esas colonias estivales que colapsan los núcleos turísticos con una suerte de oferta que hasta ahora no había degustado. La fórmula parece que funciona a las mil maravillas y aunque siempre hay sectores que elevan un poco la voz por quedar un tanto excluidos de la billetera de los visitantes, lo cierto es que todos han aprendido a sacar rendimiento y algunos que parecían quedarse un tanto al margen, reinventándose, eso sí, se han integrado perfectamente y reciben, juntos todos, con los brazos abiertos a los multitudinarios contingentes que se van relevando ordenadamente en cada uno de los hoteles, de diversas cadenas y categorías. 

Elegí Playa de Muro y un hotel de alta categoría para no sufrir, por desconocimiento, una mala experiencia. He utilizado deliberadamente el verbo empotrar porque pese al significado violento que pueda sugerir no se me ocurre ninguno más acertado para describir el acceso y convivencia de una familia española rodeada de cientos de familias centroeuropeas, hablando en su propia lengua y desarrollando todas sus actividades con escrupuloso cumplimiento de hábitos y horarios. Y todo esto sin salir de Mallorca.

Pasando pues por alto esos dos pequeños detalles -lengua y horarios- el ambiente es de absoluto disfrute. Las instalaciones, las habitaciones, los servicios disponibles, la calidad gastronómica, la generosa y variada oferta y la profesionalidad y dedicación del personal -desde el momento de la llegada, pasando por el diverso personal que atiende comedores, bares, restaurantes, piscina, limpieza, entretenimiento, etc-

Si además, nada más asomarte a la ventana te encuentras frente a la amable caricia visual de la bahía de Alcudia y contemplas desde primera hora del día  la gama escalonada de verdes y azules, que más puede pedirse.



Aunque mi familia ya no responde, por edad,  al modelo tipo con el que nos hemos encontrado: bebés, muchos bebés, cochecitos, colchonetas de todos los tipos, volúmenes y tamaños, etc, las dimensiones del hotel hacen fácil y tolerable esa convivencia. Existe, si no, la opción de traspasar la duna verde que delimita el hotel, estirarse en una confortable hamaca en la playa y asomarse al interior del hotel exclusivamente a las horas de avituallamiento líquido y sólido. Y así hemos logrado sacar el máximo y discreto, no obstante, partido al todo incluido. 

Acaba el verano en el calendario pero siguen las condiciones climatológicas adecuadas para seguir  gozando del mar y de las playas baleares. Algunos de mis queridos amigos mallorquines, traicionando su ancestral tradición de no nadar más allá de agosto, han sucumbido al placer de disfrutar de estos fines de semana en bañador y han recuperado del armario las toallas de la playa y las chancletas. ¿Es así o no?

Llega el otoño. Lo sé porque han empezado a colgar los adornos navideños. No tengo palabras.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Regreso al hogar

La primera semana de incorporación al nuevo curso es algo así como un simulacro pero con bomberos de verdad. En realidad no son más que tres días con intercambio de experiencias estivales y asignación de pupitres. Profe nuevo de Física y Química y hay que ver cómo hemos crecido. Y como el buen tiempo nos ha permitido mantener la silla plegable sobre la orilla, después de las primeras clases matutinas, las tardes han transcurrido entre baños de mar y de sol y nos hemos encontrado en ese portal del paraíso los incombustibles vecinos a los que nos cuesta mucho abandonar el barrio. Pero estamos en septiembre y si bien cuando sale el sol el mar garantiza apacibles placeres, en menos de lo que uno se da cuenta se emborrona el cielo, comienza a tronar y aparece la lluvia. Esto es lo que ocurrió el sábado y ese clima tan hostil nos ha reubicado en la dura realidad del final del verano. En consecuencia, casi precipitadamente nos hemos visto forzados a regresar el hogar; ese espacio muerto durante el verano, como un barco varado esperando que suba la marea, al que apenas se le atiende. Si falla un grifo, o se funde una bombilla o cruje una tableta del parquet, ya llegará el otoño y atenderemos sus crujidos. y lamentos. 

Llegó pues el tiempo de reordenar la casa, de regresar al hogar y mientras el cielo descargaba torrencialmente por minutos una caudalosa tromba de agua, la casa se convirtió en lo más parecido a las bambalinas de un gran teatro en día de estreno. Este mueble aquí, estas carpetas para tirar, la cama cambia de lugar y aparecen objetos, libros y apuntes que en solo unos meses han quedado obsoletos. Como para esas labores no estoy suficientemente cualificado (carezco de máster), en lo que el resto de familia deconstruye la decoración de los dormitorios, me da por esmerarme en un buen arrocito de conejo y verduras. Fuego lento y música de Sabina en la cocina, ya sabes....


Llovía, salía algún rayito tibio de sol y la densidad del aire, con una humedad insoportable obligaba a cortar con radial cada cachito para poder respirarlo.

Con la paella en la mesa, el rosado bien fresco y en familia, la lluvia importa ya muy poco. Es una jornada de espaldas al mar, un regreso al hogar con cambio de temporada.

La tenue luz de la tarde acompaña y no desentona en absoluto con el oscuro y desdibujado perfil del equipo español de Copa Davis. Se veía venir; después de Nadal, nada. Marat Safin, excelente tenista ya retirado lo apuntaba el otro día. El nuevo brillo de las "viejas" glorias, Federer, Nadal y Djocovik está más justificado por la falta de un relevo sólido que por el excelente tono de aquellos, que también.  El caso español se veía venir y lo peor es que tardaremos, creo, en volver a tener un nuevo campeón que pueda prolongar la buena salud del tenis español de los últimos treinta años. No hay relevo y el tenis español, con los comentaristas de la televisión regresa a su viejo hogar de "lástima, ha bajado el pistón, qué auténtica mala fortuna, la bolita se ha ido por muy poco, etc". Regresan los tópicos de la frustración y debemos buscar abrigo en otros deportistas; Mario Mola, Gloria Marín, Enric Mas...

Sigue pesando mucho el aire y cuesta respirar (humedad del 90%). Me imagino en mi silla plegable y no descarto esta tarde volver a estirar mis piernas y regresar a ese otro hogar, mi residencia oficial de verano, aunque sea para disfrutar, sucio el cielo, de una puesta que al trasluz parezca una espesa marea negra....



lunes, 10 de septiembre de 2018

Gota fría

La playa se ha borrado. Si no fuera porque mi coche me lleva hasta el aparcamiento sin titubear, una vez en la orilla no estaría muy seguro de estar en Illetas. Eso viene ocurriendo todos los años llegados a este momento. Por eso siempre me ofrezco y no es un brindis al sol, a mantenerla, cuidarla y vivirla intensamente durante el invierno como quien conserva un amor de toda la vida. Y si no queda más remedio, así haré mientras nada me lo impida.



Ha llegado la gota fría. Hoy lunes, muy tempranito y a oscuras, a la hora en que las golondrinas solían iniciar su algarabía (ausentes ya de la calle y de los aleros), la vieja olivetti tecleaba a buen ritmo. Está lloviendo con mucha intensidad, casi diría que con violencia. El agua debe estar acumulándose en la azotea y creo que de buena nos libramos ayer. Contra las malas previsiones que auguraban una jornada pasada por mucha agua, logramos compartir con un grupo de amigos un arrocito caldoso marinero al aire libre. El cazuelón de barro hasta los bordes, buenos vinitos en excelente compañía. Son, tal vez, los últimos coletazos de la terraza. Quedan algunas citas pero eso ya depende del tiempo. Ojalá se pueda.

Excelente vino, Nico. Muchas gracias.

En la semana en que despedimos la maravillosa rutina de un plan que apenas hay que trazar: toalla, crema protectora, bañador y chancletas, aflora como una necesidad el resumen del verano. Al principio, aquellos días entre mayo y junio, mis previsiones -internas, no declaradas- no eran muy optimistas. Una intervención quirúrgica, la amenaza de un diagnóstico incierto y un pronóstico desconocido. Afortunadamente nada como una silla plegable sobre la orilla, en ocasiones la lectura, una buena compañía, música, mucho mar, muchas brazadas -cada día más- alguna cañita bien tirada aunque en vaso de plástico...y eso todos los días.

Si habrá resultado balsámico el tratamiento y la terapia que a fecha de hoy, pese a la ingrata sensación de que esta temporada de playa se está acabando, me siento plenamente recuperado, fuerte, animado y preparado para rescatar el raquetero del trastero, comprobar la tensión del cordaje de mis raquetas, fijar fecha y hora, citar a Pepe, a Antonio, a Salvador, a Will y a Toni y trazar la nueva rutina: tres o cuatro veces por semana.

Y para que no me lleve sorpresas justamente hoy, que tenía intención de empezar a planificar, la lluvia, esta gota fría que está ahora descargando con ira toda el agua que no ha caído en todo el verano. Me imagino las pistas absolutamente encharcadas. Será que el factor climatológico también quería citarse conmigo y exhibir su influencia. Y estamos en terreno de nadie.

El miércoles empieza el curso y comparto la desazón de mis hijas como propia. Con lo bien que se está sin mochilas cargadas de libros, una clase tras otra, el autobús, la taquilla, la merienda, los deberes....Va a ser un año muy especial para mi hija mayor: es su último curso de bachillerato y en breve tendrá que empezar a decidir y concretar qué carrera universitaria y dónde quiere estudiar. Me he tirado parte de la madrugada pensando en ello. Será que a veces, según lo conversado a última hora del día, la idea se queda girando en la cabeza como aquellos comecocos de los ochenta. Y por aquellas asociaciones de ideas me he escapado a mis diecisiete años y al mismo momento de su corta vida en que toca tomar una decisión crucial.

Para completar el escenario hasta la música se pone de mi parte; Suenan The Doobie Brothers y su It keeps you Runnin'...Y me estoy viendo, con mi amigo Gaspar L.T. que acaba de aparcar su flamante 124 Especial azul celeste de tapicería de cuero, bajando las elegantes escaleras de Bacarrá, abordando la pista de acero, chicas guapas bailando y un combinado en la barra: gala de tarde y toda la vida por delante. Primero de Derecho, hace, justamente ahora cuarenta años.

Yo también tengo memoria histórica y en absoluto es negra ni está deformada por la mala intención ni el resentimiento...

https://www.youtube.com/watch?v=HveP0neTpww



lunes, 3 de septiembre de 2018

Llega septiembre

Se acaba el mes de agosto que es como empezar a rematar el verano. Últimas tardes, tal vez, apostado en mi orilla mediterránea. El sol, implacable durante buena parte de las semanas de julio y agosto, a última hora de la tarde, apenas llega a acariciar suavemente la piel de la cara. Y la brisa, tras ocultarse el sol, empieza a ser más fresca. Pese a ello, la temperatura del agua sigue siendo muy elevada y sigue rozando los treinta grados. Resulta mucho más refrescante la ducha del club. Llega el momento de hacerse el remolón a la hora de ausentarse y contemplar como el reflejo de un cielo ya sin sol se despliega en la superficie del mar, espejo plano hasta donde la vista alcanza. Esa luz agita la nostalgia de los que ya preparan la maleta y tienen sus próximas citas en puertos y aeropuertos. Un último chapuzón, unas brazadas hasta la isla, el último contacto con las pequeñas olas que rompen, inofensivas, junto a nuestros pies....y las despedidas. Última bocanada de aire y adiós.

Los visitantes del penúltimo turno de vacaciones tratan de llevarse el rumor de un oleaje que en unos pocos días será recuerdo de un tiempo en el paraíso. En la península acabarán creyéndose que no nos vamos a casa ni cuando cae la noche. Bueno, algo de eso hay en ocasiones. Unas cervecitas o una botella de rosado conservadas en la nevera playera, unos taquitos de queso y unas lonchas de ibéricos, en este escenario y a esta hora, saben a gloria bendita. Y si, además, es entre amigos... Cae la noche, quedamos a oscuras y sobre el horizonte opuesto, a nuestra espalda, nos sorprende una luna de sangre que no han anunciado los medios y que parece más bella, más grande, más roja que la tan cacareada de julio que apenas vimos, por cierto. Los ojos, no así el móvil, consiguen captar una imagen insólita. Cuando la luna ya es visible en su totalidad y empieza a levantarse sobre el perfil plano del Arenal, pespunteado con cientos de lucecillas, su reflejo, absolutamente encarnado, proyecta una estela sobre el mar hasta nuestra orilla. Imposible imaginar, lo siento e imposible de reflejar su nitidez la cámara del teléfono. La próxima vez, cámara fotográfica y trípode.


Y el baño. Hacerlo bajo las estrellas centelleantes y las estelas que va dejando el incesante flujo de aviones que despegan y aterrizan, confirman que quedamos en tierra, en el mar, que no se acaban nuestras vacaciones a tiempo parcial, que seguirán durante unas cuantas tardes más -si el clima lo permite- aunque cada día cierren antes la playa y en breve comience el nuevo curso. A partir de entonces no tendremos más opción que la que nos brinden los primeros sábados de septiembre. Ya veremos, en todo caso, pero que nos quiten lo "bailao".

No siento nostalgia; lo mío es saudade, pero no propia, sino por mis amigos, ausentes ya de la estampa de este mar de septiembre. Es que el final de verano siempre comparece con la misma música de una orilla apacible, con los tenues ecos, cada día más apagados, de la chiquillería que todavía juega con la arena bañada y que dibujan con las huellas de su pies los rastros delebles de sus primeros pasos, con los manguitos super hinchados y los bañadores de la patrulla canina o de Blancanieves mientras devoran con avidez el bocadillo de queso o de "jamón del rojo" para que no se lo coman ni las gaviotas ni el tío Asís.

Así es que seguiré un par de semanas más en mi orilla. No es por mí, de verdad. Es por ti, por tu saudade, por tus recuerdos de un verano que pasa muy fugaz.

- Desde luego, no hace falta que respondas - me dice un colega playero que deshincha un enorme cisne blanco- Estás aquí en la gloria.

- Me sobra un cosa: la banda sonora. El daño que han hecho los altavocitos blutuz. Y el reguetón. Solo una grave desconexión neuronal - mucho humo de maría- permite convencerse que eso no molesta a los demás....y esas letras....

lunes, 27 de agosto de 2018

Vaya personajes!

Si hay algo que no está suficientemente castigado es la estupidez humana y en el caso de algunos personajes, además, está generosísimamente retribuida tanto económicamente como, en ocasiones, en rédito y éxito electoral. Así las cosas y dando por sobradamente conocido el clima de crispación -el whatsapp resulta diabólico- al que nos vienen sometiendo a buena parte de los ciudadanos de este país quienes rigen nuestros destinos (en el Estado, en la Comunidades Autónomas y en los Ayuntamientos) no nos queda otro consuelo que refugiarnos en nuestros ocios y aficiones y tratar de disfrutarlos aprovechando que el tiempo de verano es propicio para ello. Ya llegará septiembre -en breve- y no nos quedará más remedio que desayunar, comer, cenar y trasnochar escuchando las inacabables cantinelas de los que se han propuesto llevar hasta las últimas consecuencias sus intenciones sin que les importe un bledo lo que opinen los que no están conforme con ellos o muestran su oposición. Así nos va.

Unos huesos de general.

Nada le debo a quien nada nos regaló a mis padres y hermanos. Si hubo un colectivo que jamás se vio beneficiado por los favores del general y su régimen fue el de muchos de los funcionarios y servidores públicos y entre estos, los peor tratados, sin duda, los militares, policías y guardias civiles. Lo digo sin resentimiento pero era así. Testimonios guardaba mi padre y custodia aún y muy prudentemente mi madre de las nóminas y su anotación en los dietarios de los ingresos y de los gastos desde que decidieron compartir vida y familia. Y a pesar de lo raquítico de su importe a base de muchas horas de trabajo, muchos sacrificios y muchos ayunos, abstinencias y abstenciones lograron echar a andar a cinco hijos y proporcionarles sustento, estudios y calor. Sí, para asear sus conciencias, los responsables entonces de lo público diseñaron la red de hospitales, farmacias, colegios, viviendas y economatos para aquel personal. Ojalá hubieran recibido una mejor retribución y haber podido ser atendidos, estudiar y comprar las aspirinas, las galletas y el aceite de oliva donde les hubiera convenido o apetecido.

Salvo que -lo más probable- la intención sea señalar  (con una estrella de David) junto al paredón de fusilamiento a quienes no entienden la necesidad ni urgencia de esa acción, que la gran actuación estelar de unos personajes consista en remover por real decreto la historia y su memoria por un montón de huesos, estando las cosas como están, parecería de ópera bufa si no fuera porque es cierto. Al respecto plantearía dos cuestiones. La primera, hipotética y tragicómica; se imagina alguien que, llegado el momento, al levantar la lápida de la Basílica del Valle de los Caídos, apareciera la tumba vacía o sin restos mortales el ataúd. Las tronchas de carcajadas se iban a escuchar hasta en la cima del Everest.

Segunda, real; en el supuesto de que, efectivamente, se encuentren ahí enterrados los restos del general, donde quiera que decidan llevarlos se convertirá en un parque temático, un lugar de permanente peregrinación de cientos de miles de visitantes, próximos o no al personaje y a su pensamiento y de cuanto simboliza su figura en la reciente historia de España cuando hasta hace unos pocos días tenían escasa relevancia las visitas al Valle y eso contabilizando las excursiones del IMSERSO y la insaciable curiosidad de chinos y japoneses. Esto salvo que en la hipérbole del rizo decidan hacerlo clandestinamente -con nocturnidad y tapando las placas de los camiones- como fueron retirados en su momento bustos y figuras ecuestres de plazas y vías públicas y desaparezcan sin dejar rastro. Ahí, dijo yo, la familia tendría algo que decir, supongo. 

Con tantísimo que hacer y mejorar en este país, proponerse tropezar con una lápida y con el inerte inquilino de una tumba, convierte en válido el enunciado del principio. Se me ocurren unas cuentas: la primera muy útil y necesaria. Empezar a adelgazar el gasto público donde más duele a los políticos y donde no parecen querer ponerse de acuerdo: menos cargos públicos -senadores, diputados, concejales, asesores, etc.-, menos órganos innecesarios, menos modelos de gestión de servicios públicos -uno por cada comunidad autónoma en materias de sanidad, educación, justicia, medio ambiente, seguridad ciudadana, etc.

También podrían preocuparse un poquito más por lo que está ocurriendo en Ceuta y Melilla y el descontrolado acoso y agresiones físicas graves que sufren las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Lo que en cualquier caso no parece muy prudente es volver a hurgar en las cicatrices de la historia, volver a pasar el NO-DO desde sus comienzos y volver a releer y escuchar los partes médicos de la flebitis del general y el parte del equipo médico habitual ni ver las escenas de caza, pesca fluvial o las paseos en el Azor. Pues de momento, el tiro por la culata y así mi hija pequeña, entre pantallita y pantallita, asomando la mirada al televisor me pregunta...."pero quién es ese señor de la foto tan antigua? Eso es un aburrimiento"


Me expongo, lo sé, a que cualquiera de esos personajes expertos en repartir carnets, etiquetas y licencias, me asigne alguno de los que suenan en su lindas bocas y que pronuncian con gran elocuencia a falta de mejores argumentos: facha, racista, xenófobo, insolidario, etc....

Insisto: nada debo, nada nos regalaron. Sin resentimiento, pero no me preocupa dónde acaben ni qué se haga con los huesos del general, no quiero perder por eso ni un minuto de mi vida porque afortunadamente la tengo para otras cosas y si me sobran unos segundos, me inquieta más si Valverde se decanta por un 4-4-2- o un 4-2-3-1 con doble pivote....con lo preocupado que me tiene esto, claro.

A trabajar, que falta hace!






Nombres que remueven la memoria

La primera que yo recuerdo fue una pequeña y coqueta Iberia blanca. Sobre una de las encimeras de la cocina, resultaba muy atractivo para in...