lunes, 11 de noviembre de 2019

Pobre Gomila

A Gomila le pesan los años y también los grafitis. El cambio de un siglo a otro de una de las viejas joyas de la noche palmesana está siendo innecesariamente cruel y prolongado. Alguna tarde, paseando por el barrio de El Terreno,  por su plaza Gomila y aledaños, me invade una extraña sensación, un inhóspito lugar entre la tristeza y el desamparo. Si no fuera por el tráfico rodado habrían encontrado su cadáver momificado en cualquier esquina de sus callejones, debajo de unos cartones y junto a un tetabrick vacío de Don Simón. La suciedad, el abandono y la baja calidad de los escasos locales comerciales que permanecen abiertos hacen difícilmente creíble que el glamour y el brillo vistieran el barrio aquellas noches de principio de los ochenta.

Pisando los adoquines de sus aceras, entre la propia plaza Gomila y la plaza Mediterráneo, una amarga memoria nos hace recordar  los locales de ocio nocturno que se sucedían, uno tras otro, en los bajos de aquellas fachadas. Y el bullicioso jaleo de los jóvenes de entonces que pasamos de los cincuenta y muchos ahora.

No sé si sería por esnobismo, o porque era lo más cool - lo que más fardaba, según la jerga de la época - pero lo cierto es que muchas de aquellas noches las iniciabamos, perfectamente maqueados, en el Joe,s. con un par de dry martini,s. Eran fuertes, rotundos, auténticos. Los tomábamos de pie, en la barra mientras afuera, en las mesas de la terraza las melenas rubias de jovencísimas suecas añadían colorido saltando de una silla a otra contigua, de las rodillas de uno a las de otro de sus acompañantes en un torbellino que a nosotros nos resultaba altamente excitante, presagios de una gran noche.

Se sucedieron los nombres de los locales y aparecieron el Minim's, Moncloa, el nuevo Tito's que fueron añadiéndose a los ya existentes Na Gual, Alambique y un largo etcétera. No nos importaba que ni el calor de las noches tropicales de agosto ni las corrientes gélidas de las madrugadas de diciembre o enero nos sorprendieran a la intemperie o en el tránsito de un lugar a a otro. Tampoco nos importaba que en los interiores de los bares el humo, la aglomeración de personas o el elevado volumen de la música invitase a alejarse de ellos. A codazos y empujones nos abríamos paso hasta la barra y una vez allí echábamos el ancla entre la sonrisa/bocado  de la camarera de turno y el fondo del vaso de tubo al que echaban un generoso chorro de Bacardí, tres o cuatro piezas de hielo y una cocacola o un schweppes de limón.

El viento de esas callejuelas ahora deshabitadas, vacías, el angustioso silencio de la plaza, apenas interrumpido por el tintineo de la pantalla de una farola o el escape de un ciclomotor, las cacas de perros y gatos, los bordillos de sus aceras mordisqueados por el abandono....en eso ha quedado la pobre Gomila. Un sinfín de grotescos garabatos grafiteados como tatuajes en una piel muerta. 

Si te sientas en uno de los bancos de piedra de la plaza y cierras los ojos igual te reencuentras saliendo del Joe,s con una joven sueca colgada de tu brazo. Puestos a soñar... aunque tal vez aquella joven ni se reconoce a sí misma cuando se enfrenta a su espejo. Dejémoslo así y volvamos a casa. La nostalgia no es buena compañera para una gris tarde de otoño. El viento sigue barriendo las aceras pero no acaba de arrastrar la asfixiante sensación de abandono.  

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